Los ojos de miel

No recuerdas muy bien cómo pasó. El caso es que habías salido de la revista más o menos temprano y decidiste ponerte a caminar y caminando llegaste a Miraflores, a la puerta de una discoteca a la que ya habías ido antes. Es jueves, pero qué diablos, te dijiste, y entraste. Haces cola brevemente, pagas, pim, pam, pum y ya estás frente a la barra, de luz azulada al interior y rojiza, quizá rosa, por afuera y hacia el piso. Pides un whisky en las rocas y pasas a la sala de baile. No hay mucha gente, y puedes distinguir que casi todas son mujeres, quizá todas. Excelente, piensas, y das un paseo.

Recorres la pista de baile, no por el medio, sino dando un rodeo, como para ver qué sucede. No estás muy seguro de lo que ves, así que subes al mezzanine. Te asomas sobre la baranda y das un sorbo a tu whisky. Bebes sin prisa, para que el hielo refresque tus labios y te haga sentir más despierto —ha sido un día intenso en el trabajo—. Cuando los hielos vuelven al fondo del vaso, miras de nuevo a la gente bailando y confirmas lo que sospechabas: es una fiesta de lesbianas.

Qué hago yo aquí, piensas, mientras te dices que sí que había chicas muy especiales ahí, como una muy bajita de cabello castaño oscuro. En esa oscuridad no puedes saberlo con certeza, pero te dices que el cabello castaño oscuro siempre luce más vibrante que el negro en la semioscuridad de las discotecas. Tiene que ser castaño oscuro, y sus ojos tienen que ser color miel, insistes, porque si no, no podrían verse a través de la oscuridad como tú lo has hecho mientras paseabas por la pista de baile.

No sabes por qué, pero pides otro whisky en la barra del mezzanine, das un sorbo y bajas, y te sientas en un puf rectangular blanco situado contra la pared, frente a una mesa vacía desde donde ves a veces a las chicas bailar o besarse, y a veces a los hielos de tu vaso derretirse.

En eso, una chica se sienta junto a ti. Hola, te dice. Hola, respondes mientras ves en sus ojos la miel que antes adivinaste cuando la viste de lejos. Te pierdes en esa miel y no ves nada más. No sabes si ha pasado un minuto o dos, pero sonríes para no parecer idiota ni borracho. ¿Eres gay?, te pregunta. Lo niegas, y explicas que saliste temprano del trabajo y te pusiste a pasear y terminaste en esa discoteca a ver qué pasaba y ahí estabas. Y tú… ¿lo eres?, le preguntas, y te cuenta que no, que estaba acompañando a unas amigas que lo eran, que nunca antes había ido a una fiesta de esas, y que ahí estaba. En eso estaban tú y ella, y no se percataron de que se les acercó una chica bastante grande y de más kilos que tú, rubia, muy blanca, quizá con acné, quizá no, con el pelo recogido en una cola de caballo, y que le preguntó a la chica de los ojos de miel si podía bailar con ella. La chica de los ojos de miel te toma de la mano, te ve a los ojos y luego a los ojos de la rubia. Mi novio, le dice, y la rubia te pregunta si puede bailar con tu novia. La miras, miras a la chica de los ojos de miel, miras el resto del whisky que está derritiendo al resto de hielos de tu vaso sobre la mesa, vuelves a mirar a la rubia y le dices que no.

Sin soltar a tu novia de la mano —mi novia, piensas, y dentro de ti sonríes—, te levantas y vas a la pista de baile. En el ambiente resuena una salsa, o un merengue, no estás muy seguro. Pones tu mano derecha en la base de los omóplatos en la espalda de ella, y con tu izquierda tomas su derecha. No puedes quitarte esa sonrisa de estúpido mientras le ves la miel de los ojos, y bueno, ella también sonríe. No debes de estar bailando tan mal después de todo, como siempre te dices; así que, sin preocupaciones, bailas, no sabes si bien o mal, pero lo haces disfrutando el ritmo y olvidándote de todo lo demás. Nada podría ser más perfecto si no fuera porque siempre, siempre, tienes que echarlo todo a perder.

—¿Y a qué te dedicas?
—Soy verificador, corrector y editor de textos.
—…
—Es un trabajo bacán. Básicamente, lo que hago es garantizar que algo que alguien ha escrito esté bien escrito. Y tú, ¿qué haces?
—Estudio en la de Lima.
—¿Y qué estudias?
—Comunicación.
—Ah. Oye, ¿y nunca habías oído del trabajo de edición?
—O sea, en la de Lima hacemos edición, manyas, pero de video.
—Pues es como lo tuyo, recortas aquí y allá, buscas el material más significativo… es como haces con video, pero con texto.
—Ah, mostro.
—¿Y qué edad tienes?
—¿Yo?, veinte.
—Ah, mira… creo que eres la chica más joven con quien he bailado hasta ahora… es decir…
—Oye, voy a ir al baño y vuelvo, ¿ya?
—Ya.

No sabes cuánto tiempo pasó. Al menos, el suficiente para que bebieras dos vasos más de whisky frente a la barra, mientras la pista de baile se despoblaba. Diste una última mirada a las pocas personas que quedaban al borde de la pista, mientras alzaste frente a ti tu copa semivacía de whisky, aún con un par de hielos pequeños en ella. Los miraste y, tras dar el último sorbo y sentir el hielo sobre tus labios, bajaste el vaso sobre la barra con ligera fuerza, como para que sonara el vidrio y sintieras que la noche estaba acabando y que te retirarías. Giraste a la derecha y abandonaste el banco de la barra en el que estabas. Hiciste ademán de abrocharte el segundo botón de la camisa, pusiste las manos en los bolsillos y haciendo un gesto al guardia de la puerta, saliste del lugar.

En la calle, el sol no está, pero lo ilumina todo a través de las nubes. Empiezas a caminar.