Ejercicio de la blogografía

Hola, lector. Dime: ¿debemos, o no debemos, ejercer el arte blogográfica?

Sí, ya sé. Dije que no lo haría, pero estoy aquí, escribiendo un blog. Ya antes, en el sitio web de una de las mejores revistas del mundo, tuve un blog (Uno, dos, tres, probando, ¿lo recuerdas?), pero hubo que cerrarlo: la masa de trabajo pecuniario me impidió seguir alimentándolo. Incluso entonces me sorprendía a mí mismo el estar a cargo de un blog, porque desde que tuve noticia de esto de las bitácoras en línea todo el asunto me pareció un desperdicio de tiempo, tanto para blogógrafos como para lectores: éstos verían sus minutos absorbidos por sujetos lejanos a la talla de Aristóteles o de Carlos Germán Belli, y aquéllos los verían absorbidos por la inutilidad de ver su vaciedad intelectual bajo la forma de palabras.

Es que no hay derecho de tomar el tiempo, esa inefable semilla de la vida, para andarlo esparciendo por las corrientes del viento, hacia los campos infecundos del olvido. No. Y la blogografía reúne todos los ingredientes para olvidar la vida, para banalizarla. ¿O no, lector? Piensa. Piensa en lo que ganas escribiendo (o leyendo) las cosas que viste, que viviste, que pensaste, poniéndolas sobre una bitácora sin más, una tras otra, día tras día (¿hora tras hora?), semana tras semana, para que todo el mundo (¡jua!) las lea, las comente, y todo para que acumules miles pero miles de visitas, para que estés en boca de todos, para que seas alguien en la web, para que seas un blogógrafo «relevante»… relevante… porque todos te leen.

¿Y acaso uno va a tener el corazón hermoso porque todos lo lean?

No y no. Esto de la blogografía más se parece a lo pasajero de las modas y al afán de figuración que a la comprensión del mundo. Y yo quiero escribir para que el mundo sea un lugar que yo pueda comprender antes de morir. Por eso siempre sentí más admiración por quienes permanecen en silencio, observando, pensando… para sólo hablar (escribir) en el momento oportuno, cuando tenían algo relevante que decir. Tengo la convicción de que los grandes libros, las grandes novelas, los grandes poemas, las grandes películas, las grandes acciones, todo lo grande, todo lo que engrandece al corazón humano en medio de esta pequeñez que nos envuelve procede de la capacidad de hacer silencio, observar, estudiar y decir. Y eso requiere tiempo, no el tiempo vertiginoso de la blogografía, del escribir-el-post-del-día-porque-si-no-el-blog-está-en-nada, sino el tiempo pausado de la reflexión y del trabajo intelectual profundo.

Pero he aquí que estoy escribiendo un blog.

Lector, ¿te haré desperdiciar tu tiempo? ¡No, por favor! Nunca me lo permitas. Quiero creer que tengo algo que decir, el talento para decirlo y el tesón para encauzar ese talento. Perdóname nada más por haber abierto este blog para lograrlo. Creo poder hacerlo.

Aquí vamos.

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