Ella o yo. Escena nocturna

Era de noche, yo ya quería acostarme. Me quité el polo, lo puse sobre la cama y lo empecé a doblar, para guardarlo. Entonces vi que ella se movía. Fue un movimiento muy fugaz, pero aun así pude percibirlo. No quería que yo la viera, así que se movió apenas un segundo sobre la línea que une la cama con la almohada. Ella se detuvo al saber que la vi, y yo me detuve a verla. Nunca como entonces me pareció más hermosa. Nunca hasta entonces había reparado en que todo este tiempo que ella me había dedicado con devoción, toda esa secreta vigilia por pasar desapercibida en mi cama, todo había sido para irse de mi vida sin hacerme daño, y sin que yo se lo hiciera. Entonces desdoblé mi polo y lo tomé quieta, cuidadosamente, en mi mano derecha. Lo arrugué lo necesario, formando en mi mano una pequeña concavidad. Me acerqué a ella —quietecita, me miraba— y me detuve un instante antes de cubrirla con la tela de mi polo, apretarla, asfixiarla, golpearla, para luego aflojar la tela y abrir el polo y verla a ella muerta en él, aplastada, con dos de sus ocho patitas arrancadas.

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