Somos libres, seámoslo siempre

Hola, Perú, felicidades: 193 años de República no los cumple cualquiera así no más. Estás maltratadón, sí, pero bien que conservas tu encanto, tus contradicciones, tu hálito fantástico, folclórico, exótico, tu vocación dramática y fascinadora. ¿Quién eres? Canté tu himno en las mañanas escolares hace tanto tiempo, con frío de agosto, con calor de marzo, tanto tiempo, te decía, que quizá he olvidado algo en qué consistía la emoción que sentíamos al cantarlo. ¿Qué decía? Decía, me parece, que había algo tan bueno que había que conservarlo siempre. Ven conmigo, ayúdame a recordar algunas cosas al vuelo. 

1826. El final no es Ayacucho

El último reducto realista se rindió ese año, ¿recuerdas? En el colegio nos enseñaban que San Martín proclamó tu independencia en Lima en 1821, y que Bolívar y Sucre te la ganaron en Ayacucho en 1824. Pero fue recién el 22 de enero de 1826 que el último contingente realista se rindió en el Callao, en la fortaleza del Real Felipe, tras resistir allí tenazmente. En el 2011, nuestros vecinos celebraron el centenario de sus independencias, pero nosotros recién lo haremos en el 2021. ¿Por qué nos demoramos tanto? No es de extrañar que algunos historiadores desarrollaran la tesis de la «independencia concedida», según la cual los peruanos no queríamos nuestra independencia, así que ésta nos debió ser concedida (o impuesta) por los ejércitos extranjeros de San Martín y de Bolívar. La tesis no se acepta tal cual hoy, pero tiene algo de cierto: por casi tres siglos fuiste el centro del poder real en Sudamérica, y una relación así no se olvida. Tu corazón monárquico y conservador no te dejaba abandonar esa relación tan fácilmente, así que nuestros vecinos, decididos a ser libres, no te permitieron añorar a tu antiguo amor, y trabajaron con los peruanos más progresistas de la época para liberarte. ¿Lo habrán logrado?

1835. Que viene el negro

Nadie por aquí, nadie por allá, y en eso, ¡zas!, que entra el negro. El negro León Escobar, uno de los bandoleros más temidos en los alrededores de Lima. En mayo de ese año se puso precio a su cabeza, pero a Escobar eso no le importó, y aprovechando que Salaverry se había marchado al sur a combatir a Santa Cruz dejando la capital sin defensa, Escobar entró en ella en diciembre y robó cuanto pudo. La casa del arzobispo no se salvó. Tanto robó Escobar, que Ricardo Palma lo imaginó entrando a Palacio de Gobierno y sentándose en el sillón presidencial. Lo cierto es que el general Vidal llegó a Lima, lo capturó y lo mandó fusilar inmediatamente en la Plaza Mayor. ¿Pero se sentó Escobar en el sillón presidencial? No lo sabemos, sólo sabemos que, a diferencia de los caudillos de la época, a Escobar no le interesaba el poder, solamente robar. Y eludir la vida que el Perú le daba a un negro.

1851. ¿El tren del progreso?

Faltaban días para el final de su gobierno, pero el general Ramón Castilla alcanzó a inaugurar el ferrocarril Lima-Callao en abril. Con ello no solamente ejercía esa tradición de nuestros mandatarios de concluir obras a último momento, sino que traía un novísimo sistema de transporte que transformaría las relaciones entre nosotros. El ferrocarril abarató el transporte de grandes volúmenes de mercancías e impulsó la economía de exportación, pero también dañó la economía de los ganaderos, vendedores de mulas, especialistas en la salud de las mulas, cultivadores de alfalfa, etcétera, gente que por siglos se había encargado del transporte de mercancías entre los peruanos. A propósito, ¿a qué se dedicarán choferes, cobradores, dateros y llenadores cuando el Perú se desarrolle y tengamos un verdadero sistema de buses y un metro completo?

1854. El precio de la libertad

Castilla hizo realidad un viejo anhelo: abolir la esclavitud de los negros y la contribución obligatoria de los indígenas. Éstas se venían aboliendo desde los días de la independencia, pero no se concretaron del todo: San Martín proclamó que serían libres los negros nacidos después del 28 de julio de 1821, pero los que ya eran esclavos, pues, continuarían siéndolo; también abolió el tributo de los indios, pero Bolívar lo restableció en 1826. Hubo que esperar a mediados del siglo XIX cuando, gracias al dinero que la exportación del guano proporcionó al Estado, éste pudo indemnizar a los hacendados, pues la abolición los dejaría sin mano de obra. La ansiada libertad pudo hacerse realidad en virtud del vil metal: 300 pesos pagó el Estado por esclavo a cada ex propietario; lo curioso es que si bien se calculaba que había 15.000 esclavos, resulta que se pagó a los hacendados por un total de más de 25.000. En esas décadas, habría podido decirse que el dinero no hace la felicidad, pero libera a unos peruanos y enriquece a otros. Hubo también quienes ni se enriquecieron ni fueron libres: los miles de inmigrantes chinos que, por la misma época, llegaron para trabajar en haciendas cada vez más necesitadas de mano de obra, y que, escasos de recursos y hablando otra lengua, fueron muy vulnerables ante la explotación de que fueron objeto en las haciendas y en la extracción del guano de las islas.

1866. Una victoria costosa

Tus calles no dejan de recordarnos que el 2 de mayo de ese año te llenaste de gloria al forzar a la escuadra española a cesar su fuego sobre el Callao y retirarse. Lo que no se dice tanto es que esa victoria definitiva de la «cuádruple alianza» (Perú, Chile, Bolivia y Ecuador) costó caro: a último momento, al ver que la amenaza española se acercaba, el gobierno recién se preocupó de comprar armamento y defensas adecuadas, y todo se compró confiando en que las futuras ventas del guano lo pagaría. El gobierno te endeudó, Perú, y para 1876 eras insolvente; tanto, que no tenías crédito en 1879 para armarte apropiadamente y defenderte de tu antiguo aliado de 1866.

1872. Demolición

La demolición de la muralla de Lima —construida a finales del siglo XVII— abriría espacio para la expansión y confort de la ciudad, al permitirle vivir, literalmente, más a sus anchas y con más higiene. Eso dirían los interesados en embolsarse las ganancias de la venta de las casas que se construirían sobre los modernos bulevares proyectados en el espacio de la muralla; otros puntos de vista, como el de la policía, venían sosteniendo que convenía mantener la muralla, pues la población no había crecido tanto como para requerir más espacio, y la muralla más bien era útil para la seguridad de los vecinos. Sea como fuere, la demolición concluyó en 1872, dejando de lado las porciones del muro situadas en zonas no rentables (el turista aventurero podrá adentrarse en Barrios Altos para dar con un baluarte sobreviviente y en magnífico estado, y con algunos más). La honestidad de la obra modernizadora queda en la conciencia de su contratista Henry Meiggs y otros, así como en la de los historiadores que profundicen en el tema. Pero no es preciso ser historiador: un buen periodista podría indagar en los «faenones» de quienes se repartían «honorarios de éxito» en los petroaudios, o en las cuentas del «Cristo de lo Robado», para definir la triste historia de la desvergüenza en el Perú.

1877. El calentamiento del ‘Huáscar’

Nicolás de Piérola, el rebelde crónico, desataba apasionadas adhesiones entre los opositores al gobierno, al punto de que un grupo de marinos favorables a él tomaron el monitor Huáscar el 6 de mayo en el Callao y se dirigieron al sur a recoger a su caudillo, que estaba en Bolivia (que, por supuesto, tenía playa). El gobierno del general Prado invitó a la captura de la nave rebelde, y la escuadra británica escuchó el llamado. Bajo el mando del almirante Horsey, los barcos Shah y Amethyst interceptaron al Huáscar a la altura de Pacocha el 29 de mayo, y le pidieron que se rindiera. Era el calentamiento del monitor peruano. El Huáscar no se cansó de burlar los ataques británicos, y los cañoneó cuando pudo, para luego escapar sin daños importantes. Finalmente se rindió al gobierno de Prado, pero al volver al Perú la gente recibió a los rebeldes entre vítores y flores. Ese final no pudo ser en 1879.

El Huáscar se enfrenta al Amethyst y al Shah en el Pacífico, 29 de mayo de 1877. H. M. Currie & Son.

1911. Arriba, Perú

El peruano Juan Bielovucic, tras aprender a volar en Francia, volvió para realizar un acto pionero en tu historia: volar. Juan llegó con otro aviador peruano, Carlos Tenaud, en enero, y de inmediato ambos se instalaron junto a un equipo de mecánicos en el extinto Hipódromo de Santa Beatriz. Allí armaron un biplano Voisin, que Juan probó el 14 de enero y que al día siguiente pilotó en un acto oficial, ante la presencia del presidente de la República, sus ministros, autoridades diversas y el asombro del público. Pocos días después, Juan repitió hazaña al volar entre Lima y Ancón. Su compañero Carlos no fue tan afortunado: sufrió un accidente al aterrizar el 2 de febrero y murió meses después.

1919. El golpe

El 4 de julio, el presidente electo Augusto B. Leguía dio un golpe de estado para deponer al presidente José Pardo y asegurarse en el poder. Decía que una conspiración del presidente se proponía impedirle a él asumir la presidencia, y basado en este rumor dio el golpe y despidió al Congreso. Leguía convocó a una asamblea para elaborar una nueva Constitución, la de 1920; sin embargo, no la respetó: se modificó el artículo que prohibía la reelección inmediata, y así Leguía pudo asumir un nuevo período en 1924, operación que repitió en 1929. Para 1930 la gracia no le duró, y fue depuesto por el comandante Luis M. Sánchez Cerro. Así terminaban once años de populismo, desdén por la libertad de expresión, corrupción y endeudamiento. ¿Leguía no te recuerda, Perú, a otro de tus presidentes? Uno más reciente, uno que dio el golpe en 1992, tuvo Constitución nueva en 1993 y se reeligió en 1995 y en el 2000 (gracias a una «ley de interpretación auténtica» de la Constitución). Perú, Perú… nada de travesuras en el 2016.

2016. ¿Las mujeres al poder?

Y a propósito del 2016, ¿tendrás de presidente a una mujer por fin? Mira que en 1668, en los lejanos días coloniales, tuviste una virreina. Sí: te gobernó Ana de Borja y Doria, esposa del virrey conde de Lemos. El virrey partió a Puno a sofocar la rebelión de unos mineros, y como no había celular ni Twitter, pues, dejó a su esposa en Lima a cargo del gobierno. Y la virreina no lo hizo nada mal: se puso fuerte con los vendedores ambulantes, cuyo número limitó, y prestó rápido auxilio a Portobelo, en Panamá, atacado por los piratas de Henry Morgan. Ana sólo gobernó unos meses, pero hay que ver que en casi dos siglos de República no hemos sido capaces de darnos una presidenta. Y tenemos la osadía de pensar que la época colonial era atrasada.

***

Perú, ¿eres libre? ¿Eres capaz de imaginar lo que quieres ser y hacerlo realidad? Vimos que la corrupción, el populismo, la desidia, la injusticia, el autoritarismo y otros males son hábitos de los que no te has podido desprender. Pero también vimos que, cuando actuaste con determinación, pudiste volar. Actúa, Perú, que no tenemos mucho tiempo: el antiguo Egipto vivió durante miles de años, y mira cómo terminó, como un cúmulo de monumentos en el desierto cuya ruina es la atracción de los turistas.

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