Elvira Ríos: la soledad del amor

Hay papeles que, aunque breves y pequeños, dejan honda impresión en las películas. Es el caso de Yakima, la esposa apache del encargado del puesto de Apache Wells, interpretada por la cantante y actriz mexicana Elvira Ríos en La diligencia (1939), de John Ford, filme canónico del género del wéstern. 

Es de noche. Los viajeros de la diligencia están durmiendo. Aún les falta mucho por recorrer para llegar a Lordsburg, su destino final, donde podrán estar a salvo de los apaches y donde Ringo Kid (John Wayne) espera vengar a su familia. En este punto del filme no hemos visto a los apaches. Hemos oído de sus correrías, de sus ataques a los soldados, pero aún no los vemos. Son una amenaza ausente, pero siempre latente. Y es que en las películas de vaqueros de esta época, los indios, más que personas, son parte del paisaje. Son algunos de los obstáculos que el héroe americano debe vencer para cumplir su destino, son casi maleza que los Estados Unidos deben desbrozar para alcanzar su Destino Manifiesto. Por eso llama la atención que Ford les diera a los apaches voz siquiera por un instante. ¡Y qué voz! Esto canta Yakima:

Al pensar en ti,
tierra en que nací,
¡qué nostalgia siente mi corazón!
En mi soledad,
con este cantar,
siento alivio y consuelo en mi dolor.

Las notas tristes de esta canción
me traen recuerdos de aquel amor.
Al pensar en él,
vuelve a renacer
la alegría en mi triste corazón.

De inmediato, ella y los peones del puesto fugan llevándose los caballos de refresco que eran para la diligencia y dejando a los viajeros solos y a merced de un ataque apache en cualquier momento. La cámara vuelve a enfocar a nuestros héroes. Los apaches quedan de nuevo escondidos al otro lado del horizonte, como esa amenaza a la civilización y al destino de un gran país. Al otro lado del horizonte, lejos de la civilización y de la historia de nuestros héroes, Yakima quizá logró volver a su patria. Quizá encontró a los suyos. Quizá, quién sabe, reencontró a aquel amor y ya no tenga que volver a cantar. O quizá, más probablemente, esté sola otra vez y deba recomenzar su vida y entonar de nuevo canciones que ya nunca escucharemos.

Ahora, lectores, ¡váyanse!

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