El fútbol, o la vida sobre el césped

La noche ha quedado cegada por los reflectores. La imagen de una tribuna exultante se yergue sobre nosotros. Sobre el césped artificial de La Bombonera, dispuestos a alcanzar algo que para abreviar llamaremos la victoria, el Borussia Dortmund y el Inter de Milán esparcen a sus hombres. Yo soy uno de ellos. 

No importa que en el 2006, tras la muerte de Giacinto Facchetti, máxima estrella del Inter en los años sesenta y setenta, el club retirara la camiseta número 3, que por más de seiscientas veces vistiera el ídolo. Tampoco importa que el argentino Nicolás Burdisso, habitual 3 interista hasta esa fecha, creyera que él sería el último hombre en vestirla. Esta noche, el destino ha querido que la vista yo. El milagro —cuándo no— se ha producido en el Perú, en las canchas de fulbito de césped artificial de La Bombonera, en el Centro Comercial Plaza Hogar del distrito de Surquillo, en Lima. «Tengan», dijo Miguel Ángel, uno de los redactores de Etiqueta Negra, mientras distribuía las camisetas entre los dos equipos que formamos con la gente de la revista y otros amigos. A mí me tocó la 3 del Inter. La imposible de Facchetti, el ídolo.

Nuestra opción táctica no es demasiado sofisticada: ambos equipos disponemos de un hombre al arco —que va cambiando según vayan entrando los goles— y cuatro frente a él, en línea, donde los dos laterales tienden a extenderse por sus carriles, y los dos centrales tienden a defender y a «crear fútbol». Pero, al calor del partido, cada jugador puede ocupar otro puesto distinto al original, tratando siempre de no dejar espacios en blanco. Como soy diestro —es un decir—, me ubico sobre la banda derecha de nuestro lado de la cancha, de modo de poder marcar cuando defendamos y salir corriendo por la banda cuando ataquemos, ya sea para recibir algún pase del otro extremo o aprovechar un rebote del balón en el arco, o alguna desinteligencia de la defensa.

Sí, claro.

Tras atajar un ataque sobre el arco, Miguel Ángel pasa el balón a Diego en la primera línea, quien, haciendo un alto en sus labores como fotógrafo, avanza la pelota hacia Carlos, siempre en el centro de la cancha. Carlos la retiene hasta que ve pasar a Walter por la izquierda, embalado. Le cede la pelota, que corre con Walter hasta entrar al último cuarto de la cancha contraria. «¡Álvaro!», grita Walter al verme avanzar por la derecha, totalmente vacía, y patea el balón a través de aquella línea imaginaria, pero muy real, que me separa del arco rival. Pico a toda velocidad. Salto. Extiendo la punta de mi pie derecho hacia el vacío del arco, que siguió así, vacío, mientras la pelota se estrellaba contra alguna publicidad lateral, y yo, contra el artificial pasto. Yazgo boca abajo, los miembros sueltos, los ojos cerrados, la respiración desatada, la audición captando risas, gritos, lamentos, qué sé yo, la imaginación imaginando el gol que pudo ser pero que no fue. Abro los ojos: entre las hilachas plásticas y verdes de la cancha se acumulan trocitos marrones de tierra plástica. Me levanto: Walter me aplaude el esfuerzo mientras los reflectores me iluminan bajo la noche cegada.

Nunca aprendí a jugar fútbol. Nunca aprendí a recibir el balón, cuidarlo, conducirlo, pasarlo a un compañero, cabecear, menos golear. No me interesaba. De niño, en el colegio, las clases de Educación Física terminaban casi siempre en un partido, a veces a todo lo largo de la cancha, a veces en uno de sus cuatro segmentos. En todo caso, siempre me las ingeniaba para quedar a la zaga, «en la defensa», pero en realidad me iba apartando poco a poco, poco a poco, con algún colega no aficionado al fútbol, hasta traspasar la raya tras el arco y matar el tiempo conversando en vez de esperar a que el balón nos matara a nosotros. Sí: tenía miedo. Miedo a que un pelotazo me volara los dientes, me achatara la nariz, me reventara un ojo dentro de su cuenca o me detuviera el corazón dentro del pecho. Recuerdo que cada vez que el balón impactaba cerca me llenaba un sobresalto, como si hubiera escuchado un pistoletazo o algo. No fue sino hasta el Mundial de Estados Unidos de 1994, deslumbrado por el juego de Romário y de Bebeto, las hazañas de Stoichkov y la telenovela de Roberto Baggio, que le empecé a agarrar gusto al fútbol, a disfrutar las sutilezas de la técnica exquisita, a apreciar el drama humano que cada partido representa en noventa minutos de metáfora de la vida. Pero creo que ya era muy tarde para mí: no importaba con cuánto ímpetu enfrentara los partidos de finales de la secundaria, o los pocos que jugué en la universidad: la técnica nunca la aprendí, y nunca pude verdaderamente jugar al fútbol y disfrutarlo, más allá de correr la cancha y presionar a los rivales que tenían el balón.

El balón. ¿Era sólo un «miedo al balón» lo que frustró mi aprendizaje del fútbol? Quizá era algo más. No lo olvidemos: el fútbol es una metáfora de la vida. Los jugadores, con mayor o menor brillo, con mayor o menor figuración y aplauso, desempeñan cada uno un rol determinado en la cancha, tal como ocurre en las familias, en los colegios, en las empresas, en los países. En la vida. Sobre la cancha, el jugador es relevante en la medida en que desempeñe su rol, de ahí que, si no rinde, se le reemplace sin miramientos. Como en la vida; si no, vean los despidos laborales, los divorcios, los amigos desamigados, los novios abandonados. Y ese rol, en el fútbol, consiste en la administración de la pelota con los compañeros hasta anotar un gol. Gol que, antes de provenir del oportunismo del delantero, viene del inglés goal, que significa ‘meta, objetivo’. Todo un equipo de hombres trabajando por marcar un gol —¡un gol!—, un goal, un objetivo: llevar el balón al interior del arco contrario. ¿Pero qué son, ante los altos y celebrados objetivos de la vida —digamos, por ejemplo, ser la empresa líder en el mercado, acrecentar el PBI del país, hacerle un orgasmo a la pareja—, los objetivos individuales? ¿A quién le interesa el corazón del futbolista más allá de que bombee sangre eficazmente durante noventa minutos? ¿Quién es el incauto que se pregunta cómo luce el jugador cuando no viste uniforme? ¿Quién? Sí, sí, quizá era eso: miedo a la pelota… y al trabajoso gol al que nos encadena.

Vaya pues la pelota con toda su fuerza contra el pecho del futbolista. Venga este a volver cóncavo su pecho para recibir el balón, bajarlo al pie, llevarlo. Vaya, trabaje, marque su gol: no será suyo. Nunca los latentes ánimos del pecho se agotaron en el cumplimiento de las reglas del juego, porque un corazón humano es un creador de juegos. Es un insatisfecho que, si pudiera, tomaría la forma del mundo, y no la del carril derecho de la cancha. Por eso los niños, ya tengamos ocho años o treinta, necesitamos descubrir que más que perder el miedo al balón debemos perder el miedo al juego de la vida, que aunque dura más de noventa minutos, se acaba. Se acaba, tiene un final tras el cual ningún gol puede celebrarse; pero de nada sirve no soñar y no luchar por hacer de los propios goles, de los objetivos personales, los más hermosos del mundo. Apenas lo intuí de niño de ocho años, y lo veo más claro ahora, hecho todo un niño grande, cuando, tras perderme un par de goles más, contribuir a la goleada que recibió mi primer equipo, el Inter, y luego ayudar poco en la ajustada victoria de mi segundo equipo, el Borussia Dortmund —en la segunda mitad del juego rehicimos los equipos—, el juego termina y nos vamos a tomar unas cervezas, mientras los reflectores se apagan y la noche se desahoga y las estrellas brillan para nosotros. Como Facchetti para la hinchada del Inter.


Publicado originalmente en mi blog «Uno, Dos, Tres, Probando», de la web de Etiqueta Negra, el 24 de abril del 2009.

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