Lo más importante que aprendí en cuarenta años

Para Fabiola, melliza y maestra

El año pasado, cuando cumplí treinta y nueve años, una amiga me preguntó qué era lo más importante que había aprendido a mis casi cuarenta años de vida. No supe qué responderle. Ahora, con cuarenta años recién cumplidos, la pregunta sigue en pie. 

Creo haber aprendido algunas cosas del mundo laboral. Por ejemplo, aunque suene inverosímil, aprendí que los adultos somos capaces de entregar años de nuestras vidas, décadas inclusive, a un puesto de trabajo que nos permita comer con regularidad. Ello nos mantiene la mente ocupada en el trabajo y nos previene de examinar qué será de nosotros si seguimos recorriendo el camino en el que estamos metidos, o por qué hacemos lo que hacemos en vez de dedicarnos a lo que queríamos ser de niños, como astronautas o directores de cine —evidentemente los astronautas y los directores de cine no tienen estas disyuntivas—. Por otro lado, tener un ingreso regular nos permite ayudar o mantener a nuestros padres, pareja o hijos, además de contribuir al estado con impuestos, lo que constituye la excusa perfecta para decirnos que somos buenos y responsables, y que dejamos nuestros sueños atrás porque era lo que había que hacer. Esta lógica tiene el problema de que puede envenenar nuestras relaciones personales al achacarles a nuestros seres queridos, generalmente de forma inconsciente, la culpa de que por ellos renunciamos a nuestros sueños. Los adultos solemos apaciguar el rencor así generado recurriendo a las drogas y al alcohol, o sencillamente comprándonos cosas inútiles a manera de compensación por los sacrificios que hacemos por ser responsables, mecanismo que a su vez engrosa nuestras deudas y nos reafirma en nuestra posición en la economía nacional y mundial.

En el amor, creo haber aprendido otro tanto. Aprendí que las personas no son lo que nuestra mente enamorada imagina, sino que simplemente son personas como nosotros, que por más superhermosas que nos parezcan son finalmente mortales que están envejeciendo, y que también tienen necesidades, inseguridades y defectos muy diversos —quizá incluso mayores que los nuestros—, los cuales pueden pasar desapercibidos para nosotros un tiempo largo, pero no para siempre, y que cuando estos defectos e inseguridades afloran, y nos descubrimos incapaces de lidiar con ellos, caemos en la cuenta de que no amábamos realmente a esa persona —si en realidad la amásemos, la aceptaríamos como persona real, con virtudes y defectos—, sino que estábamos con ella porque no éramos capaces de estar con nosotros mismos y solo queríamos llenar algún vacío. Al final, una pareja, o una pareja con familia, puede ser como un trabajo: muchas veces la tomamos para evitar mirar lo que estamos haciendo, para no ver nuestra vida desnuda y no averiguar qué podemos hacer con ella.

En el plano del físico también he aprendido algunas cosas, muchos kilos y tallas después. Aprendí que de veinteañero uno puede maldormir estudiando o de juerga, o comer grasas y frituras sin límite, o beber todos los litros de alcohol que se quieran, y a la mañana siguiente uno estará listo y lúcido para escuchar clase, dar un examen o jugar un partido de básquetbol; pero ya adentrados en los treinta años o más esto se vuelve progresivamente difícil. Aprendí también que eso de que desde los cuarenta años se inicia la disminución de la masa muscular y de la testosterona hay que tomarlo con calma, pues puede uno encontrarse con calambres incluso en el abdomen, cuando se decide hacer series de abdominales sin una fase previa de estiramiento y calentamiento.

¿Qué es lo más importante que aprendí en estos cuarenta años? Creo que es esto: que al final, la verdad se abre paso. Uno puede comer o beber de más, trabajar en la oficina o en casa hasta muy tarde, buscar una pareja porque ni modo, mantenerse atareado o decirse mentiras… al final, nuestros problemas irresueltos estallarán ante nosotros, y a veces dentro de nosotros. Así las cosas, es mucho mejor decidir no ser ciegos, y vernos con sinceridad por más desolador que pueda ser el panorama de lo que hemos hecho con nuestra vida. La buena noticia es que, a partir de esta visión honesta, podemos decidir qué acciones tomaremos para que la siguiente vez que nos veamos no tengamos nada que reprocharnos.

Por esta razón, esta vez, ante el pastel de mi cuadragésimo cumpleaños, rompí la tradición y no pedí ningún deseo, sino que me hice una promesa. ¿Qué me prometí? Aquí no lo diré, pero espero vivir lo suficiente para cumplirlo.


Imagen de cabecera: Mi cuadragésimo pastel de cumpleaños, hecho por Dulcemanía Pastelería Fina.

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