‘Contarlo todo’: ¿crítica social o introspección?

El debate en torno a Contarlo todo, de Jeremías Gamboa (Lima, 1975), se ha entrampado. Los críticos concuerdan en que estamos ante una novela de aprendizaje de base autobiográfica en la que el protagonista, Gabriel Lisboa, busca su identidad y su vocación literaria; una novela en clave, con instituciones y personajes construidos a partir de medios de prensa, periodistas y otras personas reales con quienes el autor se relacionó; y una novela cuando menos entretenida Dime más

Una feria en el museo: PArC y el mercado del arte en el Perú

El sábado 27 de abril fui al Museo de Arte Contemporáneo de Lima (MAC-Lima) a visitar la primera edición de Perú Arte Contemporáneo (PArC), una feria de arte que reunió a galerías, artistas, coleccionistas y críticos del Perú y del extranjero. Quizá nunca antes se hizo algo parecido y ésta fue la primera feria de arte contemporáneo de Lima, como anunciaba el folleto del catálogo.

O al menos la primera feria de arte realizada en un museo.

Tras pagar la entrada de veinticinco soles, Dime más

El valor de la opinión

Las redes sociales no sólo son medios útiles para enterarse de cómo va un partido de fútbol, dónde fue el último terremoto o cuál de nuestras amigas ya está soltera: también hacen pensar.

Hace unos días, mi amiga María Jesús Zevallos tuiteó lo siguiente: “Cómo explicarle a cierta gente que tener una opinión sobre algo no significa ser experto en el tema”. De inmediato, su queja me hizo viajar en el tiempo a mis dieciocho años, cuando mi único correo electrónico era el de telnet que me había asignado la Universidad Católica y las chicas vestían blue jeans, polos blancos para hombre y una cola de caballo, sin más adorno que su belleza natural.

En esos días conocimos a Parménides Alvarimás

A Lima en su día

Lima, Límac, Rímac. Valle cantor, y bullidor. Y más, con el Chillón y Lurín. Tierra de dioses, de dioses y hombres, de Pachacámac y Huarochirí. Ciudad de Pizarro, y más, Taulichusco; del Cristo Moreno, de sismo muy brusco. Ciudad de los Reyes, de Carlos y Juana, de Melchor, Gaspar y Baltasar (también de Alvar). Ciudad de moros y cristianos, de hispanos y paganos, costeños y serranos. Lima del 6 de enero. Lima del 18 de enero. Lima del 28 de julio. Lima sufrida, vejada, imaginada, perdida y recuperada: eres hermosa. Y yo te amo.

Stars (1995), por Hum. Reencuentro y fascinación

No puedo quedarme callado. Acabo de leer algo que debo compartir con todos. Buscaba yo la canción “Stars”, del álbum de 1995 You’d Prefer an Astronaut, de la banda Hum. Ése era el sonido que, por ejemplo, se oía en la radio en 1995, cuando yo estaba en quinto grado de secundaria, a punto de acabar el colegio. No encontré la canción, pero sí una reseña del disco con comentarios de la gente, en el sitio web Rateyourmusic.com. El primer comentario, del 16 de octubre de 2008 [aunque a febrero de 2010 parece haber sido borrado], escrito por un señor -porque eso es, un señor- que se hace llamar “raffft”, me partió el alma. O me la abrió, si quieren. Esto dice:

“Hi I wish it was still 1995 and I still enjoyed McDonalds and the depression didn’t afflict me to the point where everything was pointless because I had a Sega Genesis and a lot of friends in the neighbourhood and Transformers wasn’t a movie starring Shia fucking Laboeuf and there was only one Power Rangers series and girls actually liked me and I had never heard this album but I would have loved it and Downward is Heavenward.

This is the voice of the 90s folks. When men wore tanktops and had ponytails and women were of the most beautiful breed and people would listen to Reggae and the Smashing Pumpkins indiscriminately.

tl;dr: this album makes me miss the 90s”.

No tengo palabras para continuar, más allá de fascinación. Quizá también vértigo. Fascinación y vértigo, los epítetos del tiempo para la conciencia humana.

Felizmente, YouTube sabe venir al rescate en ocasiones.

Pekín, Georgia

Acabo de responder la carta de un amigo sobre las diferencias que tenemos alrededor del nombre de la olímpicamente mentada capital china. Tras enviar mi respuesta, pensé que no estaría de más compartirla con todos ustedes. Aquí la tienen:

«Hola Fernando! Gracias por la carta. No te pude responder antes porque estaba con el seso absorbido en la edición de un libro muy especial (en formato de lujo y todo) que la editorial Planeta va a sacar al mercado creo que ya la semana que viene.

»Fernando, no creas que no me gustó tu punto de vista, al contrario. Tienes toda la razón en esto: en el mundo hispánico, o al menos en América Latina, nos falta un sistema para transliterar los nombres en lenguas no latinas al español. O si ya existe, pues nos falta conocerlo. Como no disponemos de un sistema nuestro para transliterar, pues la gente por ignorancia copia lo que viene de la prensa anglosajona o francesa, y así nos hemos hecho de muchos errores. ¿Tienes idea de cómo pueda solucionarse esto? Ese sistema debería llegar a los ministerios, las empresas, la prensa escrita, radial, televisiva, de internet… y por qué no, a las escuelas. A los correctores de estilo nos sería muy útil. Te cuento que me ayuda mucho el Libro de estilo del diario El País, de España, para transliterar nombres del ruso, el árabe o el chino. Pero tampoco es muy extenso en ese punto.

»Resumo mi punto de vista de esta manera: creo que todos deberíamos aprender un sistema de transliteración que nos permita escribir según la fonética del castellano los nombres no latinos que vamos aprendiendo. Es decir, transliterar nombres modernos. Pero acá viene donde discrepo contigo y concuerdo con la RAE: ¿qué hacer con los nombres antiguos? Acá te resumo la posición de estilo de la RAE para nombres antiguos y modernos y ahí acabo:

»1. Nombres modernos. ¿Qué debemos hacer los correctores de estilo en español cuando debemos decidir cómo se escribe el nombre de una ciudad china, árabe, rusa… o de un político, escritor, etc. de países extranjeros? La solución RAE:
1.1. Nombres latinos (francés, italiano…): se respetan las grafías según el estilo de la norma de origen. Así, en español, un nombre francés debe escribirse con todas sus tildes, c con cedilla, etc.; en italiano, con sus dobles ll, etc. Es una deferencia hacia nuestras lenguas hermanas.
1.2. Nombres en inglés: se respetan sus normas, y se escriben sus nombres tal como lo hacen ellos, lo cual no es nada complicado, por cierto. Es una deferencia hacia la superpotencia del planeta. Así, si tengo a un gringo de origen portorriqueño que se hace llamar Raul Castaneda, pues ni modo, debo escribirlo así, porque “Raul Castaneda” ya no es un nombre español, sino inglés. Cosas de la política, todo es cuestión de pasaportes.
1.3. Nombres no latinos (alemán, ruso, árabe, chino…): se hace lo que dices, se transliteran sus nombres según nuestra fonética y algún secreto sistema de transliteración hispánico (una vez más, si lo tienes, dámelo). Así, por ejemplo, el celebérrimo apellido alemán Strauß en español se escribe ‘Strauss’, y por eso ahora ya reconoces al valsesista ese. Ahora suena muy técnico, pero esta norma es utilísima para escribir en español los nombres “oficiales” de calles alemanas (Straße, Strasse, calle). Lo mismo debe hacerse para lenguas “exóticas” como el chino y otras, de las que copiamos las versiones sobre todo en inglés, en vez de desarrollar nuestras propias versiones de esos nombres.

»2. Nombres antiguos. Y ahora el punto en que discrepamos. Tú sugieres que transliteremos también aquí, yo digo que no es necesario. Y no lo es porque en español ya contamos con un arsenal clásico de nombres extranjeros que, por su cercanía geográfica, o por su antigua relación comercial, cultural etcétera con el mundo hispánico, pues, han recibido un bautizo en español de sus nombres. Así, München es Múnich, Firenze es Florencia, London es Londres, Paris es París, Martin Luther es Martín Lutero, Michelangelo es Miguel Ángel, y así. Es que los queremos mucho. Darle a un nombre extranjero uno en español es bueno, porque significa que los tenemos en nuestra mente. Significa que, en un mundo concebido en español, ellos existen. Así pasa con la capital china, cuyo nombre existe en español siglos ha como Pekín. ¿O habremos de llamar a sus habitantes “beijingneses”? Mi lengua no da para tanto.

»¿Y quién es antiguo y quién moderno? ¿Karl Marx o Carlos Marx? ¿Georg Friedrich Händel o Jorge Federico Händel? La línea divisoria suele ser más subjetiva. Yo la pongo al final del siglo XVIII. Por eso escribo Karl Marx (es decir, nombre moderno que debe transliterarse, y como esas grafías suenan en español, no hay problema). ¿Y los músicos clásicos? No sé por qué varios melómanos preferimos escribirlos en sus idiomas originales, sin hacer uso de nuestro derecho a castellanizarlos en tanto son nombres antiguos, históricos. Quizá no los queremos mucho. Quizá sólo los adoramos.

»Hombre, te mando un abrazo. No olvides hacerme saber cualquier sistema de transliteración útil al castellano. Ahora procuraré ver algo de las olimpiadas pequinesas antes de dormir. Y sí que, para efectos prácticos, es un fastidio estar al otro extremo del globo para ver los juegos por TV: ¡ellos pegan brincos y rompen récords deportivos mientras uno ronca! Es casi como lo de Georgia. Uno amanece, pestañea, se lava la cara, prende el aparato televisor y resulta que los georgianos ya se sacaron la madre. Ciertamente que a veces este asunto de respirar a diario es un fastidio.

»Hasta luego,

»Álvaro».

Bach sin Bach, o música sin café, o música divina

“Aquí huele a café”. Ésa fue la tos más extraña que jamás escuché en un concierto de música clásica. Ocurrió en el último día del XV Festival Internacional Bach que se celebra en Trujillo, pero que por razones esotéricas ha tenido una “edición limeña” en el ICPNA de Miraflores y no toca música exclusiva de Bach. “Aquí huele a café”, le susurró una mujer a otra en el oído mientras Arnold Schalker (al piano) y Francisco Pereda (en el violín) se esforzaban por hacer escuchable una composición de Édgar Valcárcel, que difícilmente pudo competir con Grieg y Chopin, antes, ni con Liszt después. “Aquí huele a café”, le dijo, y al parecer dio resultado, porque al poco rato una mujer de la primera fila con algún vasito en la mano derecha se puso de pie y se fue y de súbito la sala como que olió a ausencia.

Así es mejor. En un concierto de música clásica siempre estamos solos, no importa a cuántas amigas hayamos telefoneado una tras otra sólo para oír la contestadora o que están estudiando ni adónde apunte nuestra imaginación. No importa. En una sala de conciertos no hay excusas: uno renuncia a llenar el tiempo con las banalidades diarias y no se puede sino escuchar. Así las cosas, más nos vale escuchar realmente. Ensayar una conexión con el desarrollo del tema musical que va pasando frente a nuestros oídos y ojos -en una sala de conciertos la música se ve- en medio del silencio, del silencio que precede a la ejecución y del otro (el mismo) que inexorablemente sucede, tras el último aplauso, y a pesar de los bips telefónicos que los limeños también inexorablemente dejamos sonar para pasmo de los intérpretes y de la urbanidad. La música nace y muere entre el silencio, como lo hacemos nosotros entre los siglos. Una pieza musical suena básicamente a una metáfora secreta de la vida.

Así escuchada, la música puede ser exasperante. Uno se siente viajar con ella, ir a algún lado, estar a punto de entender algo (de ella, y por lo mismo, de nosotros), pero luego todo termina. La música acaba, y su lenguaje se nos olvida: nos vamos sin saber qué se nos dijo. No nos queda sino marcharnos a casa, solos nuevamente. La música es una compañera demasiado fugaz. A veces creo que quiere educarme, que me cuenta la parábola de mi vida, pero no estoy seguro.

Aquella noche, tras el concierto, camino a casa en la combi por la avenida Angamos, yo volvía sin haber entendido nada. Tampoco entendí qué significaban las dos personas que sobre cartones y bajo periódicos dormían contra un muro, ni esa pareja mayor que se besaba largamente bajo la luz roja, ni al semáforo siguiente aquella otra pareja joven de un pelafustrán que le cerraba la puerta del taxi a la chica con violencia mientras la sujetaba del brazo.

Dios mío, a veces creo que compones como Valcárcel.