La selección peruana de fútbol: hitos de una historia

¿Una historia de la selección peruana de fútbol? ¿Que incluya momentos sabrosos como la victoria sobre Francia en el amistoso de París de 1982 con gol de Juan Carlos Oblitas? ¿O la goleada que le dimos a Chile en el Clásico del Pacífico de 1995 en Lima, con tres goles de Maestri y otros tres de Baroni? ¿O aquella aventura peruano-chilena del All Pacific que se paseó por Europa entre 1933 y 1934? No, mejor ciñámonos por ahora a recordar algunos partidos y competencias oficiales fundamentales para la historia de la Blanquirroja.

1927, el inicio

El 1 de noviembre de 1927, la selección peruana de fútbol masculino pisó una cancha por primera vez de manera oficial, para enfrentar a Uruguay. Ocurrió en Lima, en el Campeonato Sudamericano, torneo que hoy llamamos Copa América. Perú fue el anfitrión de aquel campeonato, y aunque no nos fue bien (vencimos a Bolivia, y Uruguay y Argentina nos golearon), es una fecha que merece recordarse como el debut del equipo que ya era blanquirrojo, aunque todavía no vestía su inconfundible franja.  Dime más

Tarapoto, listo

La vida puede verse como una lista de tareas que se tienen que hacer. Es una forma de matar el tiempo para tener la ilusión de que controlamos cómo este se nos escapa, con la ventaja adicional de que al mantenernos ocupados evitamos el ocio filosófico que nos llevaría a evaluar qué estamos haciendo con esa vida que preferimos compartimentar en tareas en vez de verla como una totalidad. Quizá por eso solemos usar nuestras vacaciones y feriados en viajes a lugares llamados turísticos, donde, como la palabra misma indica, damos vueltas de un lado a otro recorriendo atracciones naturales o culturales que se supone que son atractivas y que por eso las tenemos que ver, actividad que nos mantiene literalmente entretenidos entre un sitio y otro, sin opción a tenernos a nosotros mismos frente a la pregunta fundamental por el ser de nuestras vidas, esos ríos que van a dar a una mar no turística.  Dime más

La mosca, cuento de horror

Cuando Basilio despertó después de un sueño intranquilo, no vio a su bebé en la cuna. «Se la habrá llevado su madre al supermercado», pensó, mientras se desperezaba y bostezaba, y la modorra del sueño recién abandonado le impedía hacerse una idea de lo incómodo que sería para Muriel cargar a la bebé y hacer las compras a la vez, y luego volver a casa con la bebé y las compras, todo ella sola. Respiró hondamente, describiendo con sus brazos extendidos una lenta circunferencia que se cerró sobre su cabeza al tiempo que terminaba de inhalar. Repitió la figura en sentido inverso, mientras exhalaba hasta que las palmas de sus manos tocaron sus muslos, y luego levantó las manos nuevamente para palmearse la cara y acabar de despertarse.  Alvarimás

Los ojos de miel

No recuerdas muy bien cómo pasó. El caso es que habías salido de la revista más o menos temprano y decidiste ponerte a caminar y caminando llegaste a Miraflores, a la puerta de una discoteca a la que ya habías ido antes. Es jueves, pero qué diablos, te dijiste, y entraste. Haces cola brevemente, pagas, pim, pam, pum y ya estás frente a la barra, de luz azulada al interior y rojiza, quizá rosa, por afuera y hacia el piso. Pides un whisky en las rocas y pasas a la sala de baile. No hay mucha gente, y puedes distinguir que casi todas son mujeres, quizá todas. Excelente, piensas, y das un paseo.

Recorres la pista de baile, no por el medio, sino dando un rodeo, como para ver qué sucede. No estás muy seguro de lo que ves, así que subes al mezzanine. Te asomas sobre la baranda y das un sorbo a tu whisky. Bebes sin prisa, para que el hielo refresque tus labios y te haga sentir más despierto —ha sido un día intenso en el trabajo—. Cuando los hielos vuelven al fondo del vaso, miras de nuevo a la gente bailando y confirmas lo que sospechabas: es una fiesta de lesbianas.  Dime más