Prueba de dolor

Vista. El dolor tiene el color de un amarillo sutilmente enrojecido, con tendencia al dorado, que refulge al sol en el día; y en la noche, en la memoria, cuando se cierran los ojos. Amarillo solar, acrayolado, sacado de un dibujo preescolar con personajes de sonrisa constante, volcado luego a la vista de un paisaje desolado, donde la limpieza de la luz no ilumina el camino que pueda seguirse sobre una llanura vacía, que a nada conduce.  Alvarimás

Día de San Valentín (II: Amar)

Es sábado 14 de febrero, Día de San Valentín, día de los enamorados. No sé cómo logré que sucediera, pero saldré con Zinnia. Creo que vi a Katia dándole un dinero a Carmen. Seguro le pagó para que Zinnia saliera conmigo, me dice el pensamiento, pero… ¿será así? No. No y no. No lo creo. Zinnia es muy reservada, y cuando la conocí el jueves, la llevé a las oficinas de Etiqueta Negra, donde creo que les gustó a todos. Tanto, que Marco, el director de la revista, se ofreció a entretenerla en su departamento en Miraflores mientras voy a recogerla. Al llegar, a las seis de la tarde, la encuentro algo sedienta, así que le ofrezco un vaso de agua que Marco pronto me acerca. Ella termina su vaso. Tras despedirnos de Marco, bajamos a la calle. Zinnia y yo nos vamos caminando rumbo a Larcomar, un centro comercial lleno de tiendas y cafés y restaurantes y cine y vista al mar y todo. Será perfecto.  Alvarimás

Día de San Valentín (I: Conocer)

Era la mañana clara de un jueves, de esas que solo se ven en Lima en el verano. Las casas estaban todas abiertas a la calle, adonde tenían sus jardines, de modo que el aire corría por todas partes, junto con los niños y sus juegos y sus voces. Creo que de una de las casas salía alguna música, lo suficientemente suave como para permitir que el resto de la animación del día surgiera de la conversación de la gente.

Entonces la vi.  Alvarimás

El blog va de San Valentín

Se viene el 14 de febrero, Día de San Valentín, día del amor y la amistad, aunque, a juzgar por lo que veremos en las calles ese día, parece que el amor va ganando la partida. Yo estaré solo y todo, pero ese día no me lo quiero perder, siquiera por mi blog. Así las cosas, se me ocurrió un proyecto de post que pronto expuse a los editores y a la productora de la revista en un e-mail. Inexplicablemente, a los editores les gustó mi carta, y hasta dijeron que era un post en sí misma, y otras insensateces por el estilo. Ni modo. La publico aquí, con venia editorial, para que tú también, querido lector, lectora, te diviertas y juzgues y señales con el dedo y me digas qué hacer. Esta es la carta:  Alvarimás

Meditación sobre el beso. Minicrónica razonada

A la primera chica que besé no la besé: ella me besó. Fue en abril del año pasado. Estábamos apoyados cada uno en la barra del bar, conversando y tomando unos piscos. No sé qué estaría diciendo yo cuando ella me interrumpió diciendo algo así como que por qué yo no sólo… ¡aaah…!, y luego se interrumpió y tomó mi cabeza entre sus manos y me besó. No opuse resistencia: un par de semanas antes, cuando nos conocimos luego de algún tiempo de escribirnos, quedé fascinado por la facilidad con que me abrí a ella para hablar de todos los temas imaginables —de todos— y sentirme absolutamente a gusto con una mujer con la que el vacío del tiempo se llenaba por completo.

A la segunda chica que besé no la besé: ella me pidió permiso para besarme. Fue en julio del año pasado. Era una fiesta de salsa, a la que fui con un par de amigos, Alvarimás

Probando un año nuevo

«¿Año Nuevo? El año pasado lo pasé en casa con mis papás, pero este año quiero salir. Sí, ya toca». Así me respondió una amiga cuando le pregunté por sus planes para las fiestas de fin de año, tratando de descubrir yo mismo qué hacer, pues todos mis amigos o se iban a las playas del sur de Lima o a las de Ecuador. Finalmente, ella alcanzó a coordinar con sus amigos una salida a una discoteca en el bulevar de Asia, balneario, también, del sur de Lima.

Todos han fugado por fin de año. Nadie se ha podido quedar quieto en Lima, como si hubiera algo terrible en no apuntarse a una buena juerga en la línea divisoria entre año y año, como si fuera una suerte de pecado laico no santificar la fiesta y esperar la venida del Año Nuevo —no sé por qué lo escribo con mayúscula— soñando en cama, o viendo el avance del cielo desde la ventana, en casa. Todos se han ido como el oleaje, siguiendo no sé qué propósito. Para tratar de averiguarlo, iré a donde mueren las olas, a la playa. Alvarimás

No comer para ser más fuerte: tres días de ayuno

La última cena

Sábado, nueve de la noche. Arroz, hamburguesa con kétchup y mostaza, quinua, cebolla, pimiento y un vaso de agua de maracuyá. Comí todo con normalidad, sin ninguna sensación de algo solemne. Eso sí: recordé —y me disculpo por la escasez de imaginación— la imagen de La Última Cena, de Leonardo, que podríamos interpretar como el fotograma de un momento solemne de traición. ¿Traicionaré yo también mi última cena, la haré mal? Posiblemente, porque siento que no estoy tomando en serio lo que voy a vivir, el tiempo de tres días que voy a pasar en ayuno. Pero no quiero hacerlo mal: quiero ayunar bien, y aprender lo que sea que tenga que aprender. Alvarimás

Milonga del aprendiz. Observaciones de un estudiante de tango (3)

Ocho para atrás y ocho milonguero

No sé por qué, pero desde chico el ocho siempre fue mi número favorito. Quizá porque en la primaria, cuando aprendí las letras y los números, habré quedado fascinado con las formas del ocho, esa curva infinita que —lo sabría recién en la secundaria— al acostarse representa al infinito y que mis maestras me hacían dibujar, una y otra vez, sobre las páginas de mi cuaderno de matemáticas.

Hasta ahora no me he acostado con ninguna mujer, pero tampoco ha sido tan trágico. Mi abstinencia incluso podría prolongarse, pues gracias al tango he probado que el infinito también tiene lugar en los giros secretos de unas piernas femeninas. Me gusta imaginar que de chico dibujé el infinito con un lápiz y ahora lo dibujaré con una mujer. Alvarimás

Milonga del aprendiz. Observaciones de un estudiante de tango (2)

Paso por afuera

Para romper la monotonía de una eterna caminata, se puede, por lo menos, cambiar de carril. Esto es posible con el paso por afuera. Sin detener su caminata, cuando lo considere oportuno, el hombre avanza su pie derecho ya no frente al izquierdo de la mujer, sino por afuera, hacia la derecha de la mujer, de modo de hacer que ambos se ubiquen en el carril del costado, a la izquierda del hombre, donde pueden seguir avanzando. O no.

Al siguiente sábado, he venido a las clases de nuevo solo, confiando en que tendré con quién bailar. Y así fue, pero no con Alejandra, quien ha llegado acompañada de Santiago, alguien algo más alto que yo y con un puñetazo quizá más fulminante que el mío. No lo sé. Le daré al muchacho el beneficio de la duda. En todo caso, Luis me pone a bailar con Diana, Alvarimás