Tarapoto, listo

La vida puede verse como una lista de tareas que se tienen que hacer. Es una forma de matar el tiempo para tener la ilusión de que controlamos cómo este se nos escapa, con la ventaja adicional de que al mantenernos ocupados evitamos el ocio filosófico que nos llevaría a evaluar qué estamos haciendo con esa vida que preferimos compartimentar en tareas en vez de verla como una totalidad. Quizá por eso solemos usar nuestras vacaciones y feriados en viajes a lugares llamados turísticos, donde, como la palabra misma indica, damos vueltas de un lado a otro recorriendo atracciones naturales o culturales que se supone que son atractivas y que por eso las tenemos que ver, actividad que nos mantiene literalmente entretenidos entre un sitio y otro, sin opción a tenernos a nosotros mismos frente a la pregunta fundamental por el ser de nuestras vidas, esos ríos que van a dar a una mar no turística.  Dime más

La mosca, cuento de horror

Cuando Basilio despertó después de un sueño intranquilo, no vio a su bebé en la cuna. «Se la habrá llevado su madre al supermercado», pensó, mientras se desperezaba y bostezaba, y la modorra del sueño recién abandonado le impedía hacerse una idea de lo incómodo que sería para Muriel cargar a la bebé y hacer las compras a la vez, y luego volver a casa con la bebé y las compras, todo ella sola. Respiró hondamente, describiendo con sus brazos extendidos una lenta circunferencia que se cerró sobre su cabeza al tiempo que terminaba de inhalar. Repitió la figura en sentido inverso, mientras exhalaba hasta que las palmas de sus manos tocaron sus muslos, y luego levantó las manos nuevamente para palmearse la cara y acabar de despertarse.  Alvarimás

Los ojos de miel

No recuerdas muy bien cómo pasó. El caso es que habías salido de la revista más o menos temprano y decidiste ponerte a caminar y caminando llegaste a Miraflores, a la puerta de una discoteca a la que ya habías ido antes. Es jueves, pero qué diablos, te dijiste, y entraste. Haces cola brevemente, pagas, pim, pam, pum y ya estás frente a la barra, de luz azulada al interior y rojiza, quizá rosa, por afuera y hacia el piso. Pides un whisky en las rocas y pasas a la sala de baile. No hay mucha gente, y puedes distinguir que casi todas son mujeres, quizá todas. Excelente, piensas, y das un paseo.

Recorres la pista de baile, no por el medio, sino dando un rodeo, como para ver qué sucede. No estás muy seguro de lo que ves, así que subes al mezzanine. Te asomas sobre la baranda y das un sorbo a tu whisky. Bebes sin prisa, para que el hielo refresque tus labios y te haga sentir más despierto —ha sido un día intenso en el trabajo—. Cuando los hielos vuelven al fondo del vaso, miras de nuevo a la gente bailando y confirmas lo que sospechabas: es una fiesta de lesbianas.  Dime más