Los ojos de miel

No recuerdas muy bien cómo pasó. El caso es que habías salido de la revista más o menos temprano y decidiste ponerte a caminar y caminando llegaste a Miraflores, a la puerta de una discoteca a la que ya habías ido antes. Es jueves, pero qué diablos, te dijiste, y entraste. Haces cola brevemente, pagas, pim, pam, pum y ya estás frente a la barra, de luz azulada al interior y rojiza, quizá rosa, por afuera y hacia el piso. Pides un whisky en las rocas y pasas a la sala de baile. No hay mucha gente, y puedes distinguir que casi todas son mujeres, quizá todas. Excelente, piensas, y das un paseo.

Recorres la pista de baile, no por el medio, sino dando un rodeo, como para ver qué sucede. No estás muy seguro de lo que ves, así que subes al mezzanine. Te asomas sobre la baranda y das un sorbo a tu whisky. Bebes sin prisa, para que el hielo refresque tus labios y te haga sentir más despierto —ha sido un día intenso en el trabajo—. Cuando los hielos vuelven al fondo del vaso, miras de nuevo a la gente bailando y confirmas lo que sospechabas: es una fiesta de lesbianas.  Dime más

Milonga del aprendiz. Observaciones de un estudiante de tango (3)

Ocho para atrás y ocho milonguero

No sé por qué, pero desde chico el ocho siempre fue mi número favorito. Quizá porque en la primaria, cuando aprendí las letras y los números, habré quedado fascinado con las formas del ocho, esa curva infinita que —lo sabría recién en la secundaria— al acostarse representa al infinito y que mis maestras me hacían dibujar, una y otra vez, sobre las páginas de mi cuaderno de matemáticas.

Hasta ahora no me he acostado con ninguna mujer, pero tampoco ha sido tan trágico. Mi abstinencia incluso podría prolongarse, pues gracias al tango he probado que el infinito también tiene lugar en los giros secretos de unas piernas femeninas. Me gusta imaginar que de chico dibujé el infinito con un lápiz y ahora lo dibujaré con una mujer. Alvarimás

Milonga del aprendiz. Observaciones de un estudiante de tango (2)

Paso por afuera

Para romper la monotonía de una eterna caminata, se puede, por lo menos, cambiar de carril. Esto es posible con el paso por afuera. Sin detener su caminata, cuando lo considere oportuno, el hombre avanza su pie derecho ya no frente al izquierdo de la mujer, sino por afuera, hacia la derecha de la mujer, de modo de hacer que ambos se ubiquen en el carril del costado, a la izquierda del hombre, donde pueden seguir avanzando. O no.

Al siguiente sábado, he venido a las clases de nuevo solo, confiando en que tendré con quién bailar. Y así fue, pero no con Alejandra, quien ha llegado acompañada de Santiago, alguien algo más alto que yo y con un puñetazo quizá más fulminante que el mío. No lo sé. Le daré al muchacho el beneficio de la duda. En todo caso, Luis me pone a bailar con Diana, Alvarimás

Milonga del aprendiz. Observaciones de un estudiante de tango (1)

Proemio

«¿Tango? ¿Por qué no?», me dije cuando recibí en Facebook una invitación para una clase de tango, dictada por Luis Goñi, argentino, y su esposa peruana Mily Amézaga, bailarines y maestros de tango, y directores de la escuela Cité Tango —sí, como aquél de Piazzolla—, en Lima. La clase sería un sábado, pero yo recién me enteré el jueves de la misma semana. Afortunadamente, además del correo electrónico, el anuncio tenía un número celular al que llamar para inscribirse.

—Buenos días, hablo por la clase de este sábado. Veo que es para jóvenes menores de veinticinco años…

—Sí.

—Pero yo estoy por cumplir treinta, ¿podría ir? Alvarimás