Surgimiento del símbolo en medio de la noche

Javier dice: alvarito
Javier dice: tirame una enhe, por favor
Alvaro dice: ñ
Alvaro dice: ja!
Alvaro dice: tan mal está el teclñado
Javier dice: gracias!
Alvaro dice: sí pues… estás en otro mundo
Alvaro dice: hombre, qué buena esta, en serio, de pedir una ñ desde los EEUU
Javier dice: es que acabo de inaugurar un blog
Javier dice: y necesito escribirlo en espanol
Alvaro dice: y el teclado gringo naranjas? no tiene caracteres?
Javier dice: no tiene enhe
Alvaro dice: sí tiene, seguro, pero será una combinación de números
Javier dice: es probable
Alvaro dice: o prueba buscando en Herramientas o en algo que se llama Caacteres especiales, creo
Alvaro dice: listo
Alvaro dice: ve a Word
Javier dice: okay
Alvaro dice: ahí presiona arriba “Insertar”
Javier dice: ok
Alvaro dice: luego escoge “Símbolo”
Alvaro dice: por ahí está la ñ
Alvaro dice: está todo: la c con cedilla, los signos del neerlandés.etc
Javier dice: excelente
Javier dice: graciela
Alvaro dice: de naranjas

Tras perdonar nuestros horrores ortográficos, permisibles en un diálogo de mensajería electrónica apenas sostenida con mi amigo Javier Puente, concederás, peregrino lector, que una letrita sobre una tecla de computadora puede ser considerada como todo un “símbolo”, hasta por un procesador de textos.

ñ… ñ… ñ… late la civilización hispánica desde una tecla latente en los Estados Unidos.

Querer sin conocer, o el derecho de sentir

Debía ser el año 2001 ó 2002, no lo sé. Estábamos cerca de terminar la Facultad, y estábamos en los momentos finales de esa locura que se llama desfile inaugural del campeonato Interfacultades, de la PUCP, donde se camina mucho, se hace mucha bulla, se ven gentes asándose bajo disfraces de animales (las mascotas de cada Facultad), se ven chicas y se toma mucho. Al menos así era en nuestra época (lo escribo y no lo creo: hubo un tiempo que fue nuestro, que sentimos —sentí— nuestro). Todo iba a terminar, serían las cinco de la tarde, y, tras desfilar por las canchas, estábamos de vuelta en nuestro cubil de la Facultad, dejándonos pasar los últimos efectos del alcohol. Y sucedió. Una chica rubia, de cabello largo, ligeramente ondulado, algunas pecas y suficientes ojos azules pasó cerca de nosotros. Por supuesto que la habíamos visto desde antes, pero quién le hablara. Entonces Emilio se puso de pie como pudo, y si no me falla la memoria, dijo:

—Iré por ella.

—¡Emilio, cómo que vas a ir por ella, estás loco! —lo reconvenimos Raúl y yo, sujetándolo del brazo mientras ella se iba.

—Emilio, ¡si ni la conoces! A ver: ¿qué le vas a decir? —lo reté, para hacerle ver su error.

Emilio se calmó, nos miró… y empezó a cantar:

«Te quiero, recién te conozco y te quiero, me gusta tu dulzura y te quiero, regálame túuu ternúuuraa. Sos tan dulce y diiiferennte que te quieroooo, casi sin conocerte…».

Le soltamos el brazo de inmediato. Los tres nos quedamos mudos e inmóviles. Ella se había ido ya.

Creo que nunca le hice tanto daño a un amigo como entonces.

Creo que nunca me sentí más avergonzado y equivocado que entonces. Emilio tenía toda la razón, y yo, toda la ceguera.

Emilio, si estás leyendo esto, por favor perdóname. A veces siento que aquella tarde te quité la felicidad. Si te sirve de consuelo, a veces, por la tarde, me quedo mirando al suelo sin palabras. A mí no sé quién me sujeta el brazo, pero también me parece que la felicidad se me escapa por algún pasillo.


 Publicado originalmente en mis notas de Facebook el 16 de junio de 2008.