Los ojos de miel

No recuerdas muy bien cómo pasó. El caso es que habías salido de la revista más o menos temprano y decidiste ponerte a caminar y caminando llegaste a Miraflores, a la puerta de una discoteca a la que ya habías ido antes. Es jueves, pero qué diablos, te dijiste, y entraste. Haces cola brevemente, pagas, pim, pam, pum y ya estás frente a la barra, de luz azulada al interior y rojiza, quizá rosa, por afuera y hacia el piso. Pides un whisky en las rocas y pasas a la sala de baile. No hay mucha gente, y puedes distinguir que casi todas son mujeres, quizá todas. Excelente, piensas, y das un paseo.

Recorres la pista de baile, no por el medio, sino dando un rodeo, como para ver qué sucede. No estás muy seguro de lo que ves, así que subes al mezzanine. Te asomas sobre la baranda y das un sorbo a tu whisky. Bebes sin prisa, para que el hielo refresque tus labios y te haga sentir más despierto —ha sido un día intenso en el trabajo—. Cuando los hielos vuelven al fondo del vaso, miras de nuevo a la gente bailando y confirmas lo que sospechabas: es una fiesta de lesbianas.  Dime más