La luz y el cuerpo

Final de mi paseo nocturno por San Isidro. Salgo a la avenida Javier Prado.

Nunca estoy solo:
si se asoma mi cuerpo,
la luz lo alcanza.

La esquina

De madrugada, en San Isidro, recorro una calle. Me detengo y volteo a la izquierda. Veo una esquina, quizá de adobe. Lo que había detrás de aquel muro debe haber desaparecido. Sin embargo, algo sigue presente.

En una esquina
nadie, nadie pasa ya,
sólo el tiempo.

La espera de la casa

De madrugada, una casa vieja y silenciosa interrumpe mi paseo por San Isidro. No muy lejos, se alzan nuevos edificios. Digo a la casa:

Antigua casa,
¿aún no te demuelen?
Vacía, callas.

El águila del Camino Real

De madrugada, en el Centro Comercial Camino Real de San Isidro —en la puerta abierta de vidrio, el guardia dormía—, camino por el paseo central hasta llegar a la escultura del águila. No ha cambiado en más de veinte años.

Águila antigua,
esperas a tu presa
una y otra vez.

Sorpresa de la lluvia en Lima

En esta noche limeña de verano, me encontraba yo trabajando en la computadora y escuchando a Maurice Ravel y a Nirvana alternativamente. Por supuesto, no se oía casi nada del exterior. En eso, puse pausa al reproductor y percibí un sonido de goteo y un aroma delicioso. Me asomé a la ventana.

De madrugada,
de la tierra el aroma
la lluvia obsequia.

Inusualmente, llovía. La precipitación era visible y persistente. Y audible. Entonces escribí:

Nadie camina,
sólo la lluvia marcha,
interminable.