O tetracampeão!

Brasil 2014-07-13_Alemania campeon_copa_Maracana

Venga un puñado de impresiones luego de la final de Brasil 2014.

Qué alivio no ser futbolista: no podría andar con los brazos todos tatuados.

¿Cómo se hizo esa herida Schweinsteiger, acaso tan punzante es un manazo?

Qué guapas las novias de los alemanes. Así cualquiera campeona.

¿Qué hay en un apellido impronunciable o en una cacería de animales? Si se apellidara Pérez o fuera ecologista, aquella a quien llamamos Axelle sería igual de hermosa.

Messi no fue el mejor jugador del mundial, ni ninguno. Éste no ha sido un mundial de estrellas, sino de equipos. Y el mejor de todos fue el que campeonó.

Notable lo de Argentina, que no fue sólo Messi. El triunfo alemán era lógico, pero los albicelestes podrían habérsela llevado también.

Los gobiernos podrán refaccionar o construir estadios mal, a destiempo y con poco criterio, incluso deshonestamente; los árbitros podrán malograr partidos; los manifestantes e hinchas podrán saltar a la cancha; la televisión podrá empecinarse en ocultarlos; los jugadores podrán morderse entre sí; y la FIFA podrá morder a la equidad y a los bolsillos de los empresarios. Pero lo que quedará en pie, siquiera en el largo plazo y de vez en cuando, es ver el juego asociado y propositivo salir triunfante. Gracias, Alemania.

#FueraBurga

Finalmente, esperemos que para el 2018 Rusia no ande invadiendo vecinos ni en Tierra Santa haya ping-pong de misiles.

También esperemos que en los próximos mundiales veamos en las ceremonias de inauguración y clausura cada vez menos pitbulls y más artistas como éstos.

Hasta luego.

Imagen destacada: Fotografía tomada del ‘Daily Mail‘.

¡Es una trampa!

El tráfico limeño sí
que lo hace a uno pensar.
Por ejemplo, recordé la vez
en que me plantaste en el concierto
de los Bomba Estéreo de Colombia.
Ésos fueron más de cien soles
que hubo que desperdiciar, ¿sabes?
Conciertazo te perdiste.
Menos mal que al final
Liliana Saumet me mandó
un beso volado de tanto
y tanto que la miré
directo a los ojos.
Aun así te extrañé
cuando todo hubo acabado.
Eres tan bonita
—y por favor por favor por favor
ni me hagas recordar tu escote—
que si nos ibas a plantar
a mi ilusión y a mí
hubieras vestido un polo
la última vez que nos besamos
que dijera bien clarito:
«¡Es una trampa!»,
como dijera el almirante Ackbar
cuando vio que la realidad era otra.

Escrito siguiendo el consejo del día de NaPoWriMo.

Whistlin’ in the Rain

After Arthur Freed and Nacio Herb Brown song

I’m whistlin’ in the rain, oh!, I’m whistlin’ in the rain,
What a marvelous parade to walk here not in vain:
The streets are slippy and wet, but my heart is fun and set
For a new summer to see every wonder and let
The clouds of my life be striven by light
That love might shed after such a rainy sight;
So I walk Lima along with a smile to sustain
And whistlin’, just whistlin’ in the rain.

Milonga del aprendiz. Observaciones de un estudiante de tango (3)

Ocho para atrás y ocho milonguero

No sé por qué, pero desde chico el ocho siempre fue mi número favorito. Quizá porque en la primaria, cuando aprendí las letras y los números, habré quedado fascinado con las formas del ocho, esa curva infinita que —lo sabría recién en la secundaria— al acostarse representa al infinito y que mis maestras me hacían dibujar, una y otra vez, sobre las páginas de mi cuaderno de matemáticas.

Hasta ahora no me he acostado con ninguna mujer, pero tampoco ha sido tan trágico. Mi abstinencia incluso podría prolongarse, pues gracias al tango he probado que el infinito también tiene lugar en los giros secretos de unas piernas femeninas. Me gusta imaginar que de chico dibujé el infinito con un lápiz y ahora lo dibujaré con una mujer. Alvarimás

Milonga del aprendiz. Observaciones de un estudiante de tango (2)

Paso por afuera

Para romper la monotonía de una eterna caminata, se puede, por lo menos, cambiar de carril. Esto es posible con el paso por afuera. Sin detener su caminata, cuando lo considere oportuno, el hombre avanza su pie derecho ya no frente al izquierdo de la mujer, sino por afuera, hacia la derecha de la mujer, de modo de hacer que ambos se ubiquen en el carril del costado, a la izquierda del hombre, donde pueden seguir avanzando. O no.

Al siguiente sábado, he venido a las clases de nuevo solo, confiando en que tendré con quién bailar. Y así fue, pero no con Alejandra, quien ha llegado acompañada de Santiago, alguien algo más alto que yo y con un puñetazo quizá más fulminante que el mío. No lo sé. Le daré al muchacho el beneficio de la duda. En todo caso, Luis me pone a bailar con Diana, Alvarimás

Milonga del aprendiz. Observaciones de un estudiante de tango (1)

Proemio

«¿Tango? ¿Por qué no?», me dije cuando recibí en Facebook una invitación para una clase de tango, dictada por Luis Goñi, argentino, y su esposa peruana Mily Amézaga, bailarines y maestros de tango, y directores de la escuela Cité Tango —sí, como aquél de Piazzolla—, en Lima. La clase sería un sábado, pero yo recién me enteré el jueves de la misma semana. Afortunadamente, además del correo electrónico, el anuncio tenía un número celular al que llamar para inscribirse.

—Buenos días, hablo por la clase de este sábado. Veo que es para jóvenes menores de veinticinco años…

—Sí.

—Pero yo estoy por cumplir treinta, ¿podría ir? Alvarimás

Stars (1995), por Hum. Reencuentro y fascinación

No puedo quedarme callado. Acabo de leer algo que debo compartir con todos. Buscaba yo la canción “Stars”, del álbum de 1995 You’d Prefer an Astronaut, de la banda Hum. Ése era el sonido que, por ejemplo, se oía en la radio en 1995, cuando yo estaba en quinto grado de secundaria, a punto de acabar el colegio. No encontré la canción, pero sí una reseña del disco con comentarios de la gente, en el sitio web Rateyourmusic.com. El primer comentario, del 16 de octubre de 2008 [aunque a febrero de 2010 parece haber sido borrado], escrito por un señor -porque eso es, un señor- que se hace llamar “raffft”, me partió el alma. O me la abrió, si quieren. Esto dice:

“Hi I wish it was still 1995 and I still enjoyed McDonalds and the depression didn’t afflict me to the point where everything was pointless because I had a Sega Genesis and a lot of friends in the neighbourhood and Transformers wasn’t a movie starring Shia fucking Laboeuf and there was only one Power Rangers series and girls actually liked me and I had never heard this album but I would have loved it and Downward is Heavenward.

This is the voice of the 90s folks. When men wore tanktops and had ponytails and women were of the most beautiful breed and people would listen to Reggae and the Smashing Pumpkins indiscriminately.

tl;dr: this album makes me miss the 90s”.

No tengo palabras para continuar, más allá de fascinación. Quizá también vértigo. Fascinación y vértigo, los epítetos del tiempo para la conciencia humana.

Felizmente, YouTube sabe venir al rescate en ocasiones.

Bach sin Bach, o música sin café, o música divina

“Aquí huele a café”. Ésa fue la tos más extraña que jamás escuché en un concierto de música clásica. Ocurrió en el último día del XV Festival Internacional Bach que se celebra en Trujillo, pero que por razones esotéricas ha tenido una “edición limeña” en el ICPNA de Miraflores y no toca música exclusiva de Bach. “Aquí huele a café”, le susurró una mujer a otra en el oído mientras Arnold Schalker (al piano) y Francisco Pereda (en el violín) se esforzaban por hacer escuchable una composición de Édgar Valcárcel, que difícilmente pudo competir con Grieg y Chopin, antes, ni con Liszt después. “Aquí huele a café”, le dijo, y al parecer dio resultado, porque al poco rato una mujer de la primera fila con algún vasito en la mano derecha se puso de pie y se fue y de súbito la sala como que olió a ausencia.

Así es mejor. En un concierto de música clásica siempre estamos solos, no importa a cuántas amigas hayamos telefoneado una tras otra sólo para oír la contestadora o que están estudiando ni adónde apunte nuestra imaginación. No importa. En una sala de conciertos no hay excusas: uno renuncia a llenar el tiempo con las banalidades diarias y no se puede sino escuchar. Así las cosas, más nos vale escuchar realmente. Ensayar una conexión con el desarrollo del tema musical que va pasando frente a nuestros oídos y ojos -en una sala de conciertos la música se ve- en medio del silencio, del silencio que precede a la ejecución y del otro (el mismo) que inexorablemente sucede, tras el último aplauso, y a pesar de los bips telefónicos que los limeños también inexorablemente dejamos sonar para pasmo de los intérpretes y de la urbanidad. La música nace y muere entre el silencio, como lo hacemos nosotros entre los siglos. Una pieza musical suena básicamente a una metáfora secreta de la vida.

Así escuchada, la música puede ser exasperante. Uno se siente viajar con ella, ir a algún lado, estar a punto de entender algo (de ella, y por lo mismo, de nosotros), pero luego todo termina. La música acaba, y su lenguaje se nos olvida: nos vamos sin saber qué se nos dijo. No nos queda sino marcharnos a casa, solos nuevamente. La música es una compañera demasiado fugaz. A veces creo que quiere educarme, que me cuenta la parábola de mi vida, pero no estoy seguro.

Aquella noche, tras el concierto, camino a casa en la combi por la avenida Angamos, yo volvía sin haber entendido nada. Tampoco entendí qué significaban las dos personas que sobre cartones y bajo periódicos dormían contra un muro, ni esa pareja mayor que se besaba largamente bajo la luz roja, ni al semáforo siguiente aquella otra pareja joven de un pelafustrán que le cerraba la puerta del taxi a la chica con violencia mientras la sujetaba del brazo.

Dios mío, a veces creo que compones como Valcárcel.