Últimas noticias del tiempo

Una mañana me voy al baño a lavar la cara, y luego por las noticias me entero de que en Georgia llueven cañonazos. Otra mañana me voy a desayunar, y mientras mastico el desayuno me entero por la radio de que en Barajas un avión mastica más de ciento cincuenta personas.

¿Pero en verdad se necesita a la prensa para saber todo esto? No, claro que no. Es simplemente así. Uno pestañea, y a la chica que quieres ya se la llevó otro. A veces sólo se la lleva el tiempo.

Nocturno agitado. Cuatro escenas pequinesas con coda limeña

Pekín y Lima tienen seguramente muy poco en común; como, por ejemplo, el hecho de que ambas ciudades viven en mí en estos días: una pues porque en fin; y la otra, pues por la TV. Por ejemplo, de noche, anteayer.


1

Veía yo de madrugada la competencia de ciclismo BMX -que es una especie de motocross para bicis montañeras, con montículos de arena y curvas-, en los cuartos de final, y en eso mi mamá me pregunta que si acaso en aquellas competencias se caerán, y en esas ¡zas!, que se va para abajo más de uno.


2

Algo después, en la competencia de taekwondo femenino, leo en la pantalla que se enfrentan la marroquí y la iraní, y me digo si será remotamente posible que acaso a la iraní se le ocurra aparecerse con alguna suerte de velo, y en eso ¡zas!, que la iraní se aparece con un velo blanco -sobre el que luego ajustó el casco-, y aún había más, que su entrenadora venía también con velo, pero negro. ¿La ganadora? La de la cabeza envuelta.


3

De vuelta al ciclismo BMX, creo que también otra ronda de cuartos de final, se sueltan los competidores desde lo alto de una rampa, y van, y vuelan todos muy parejos. Adelante iba un estadounidense; atrás de él iba un fulano que era el segundo; a su izquierda, algo más atrás, iba un negro sudafricano que era tercero; y más atrás de ellos venían zutano, perencejo y otros. Me quedé viendo al negro. No es broma, ni hay doble sentido: llanamente me llamó la atención. No sé por qué. Quizá porque era el único negro en medio de tanto blanco. Quizá porque como era sudafricano me asaltó la peregrina idea de que ganaba y que Charlize Theron se aparecía y le ponía la medalla y le ceñía la corona de laurel -que no entregan- y sonreía con sus hombros descubiertos y les tomaban fotos y todos nos llenábamos de regocijo. No lo sé. Lo cierto es que el norteamericano que encabezaba la carrera se vino al suelo, y tras él el segundo, y tras ellos los otros merenganos; y el sudafricano, que providencialmente venía tercero en otro carril, de modo que ningún caído se cruzaba en su camino, pues, vino a ser ahora el primero vaya. Y pedaleó y pedaleó, perseguido por los nuevos y milagrosos segundo y tercero, hasta que llegaron los tres a la meta, con el negro de primero. Los tres pedaleaban tranquilos, dando vueltas frente a la meta, tras de la que se extendía la pista, larga y vacía como el tiempo que faltó para que llegaran el cuarto, el quinto… todos los caídos.


4

Antes de irme a dormir, dos hombres, uno ucraniano, de celeste, y otro turco, de rojo, tan pesados como yo, se dieron a la lucha estilo libre por el oro olímpico. La pelea iba parejísima. La gente gritaba a rabiar. Los entrenadores también, claro. Pero, además, al ucraniano le gritaba desde las galerías una chica, casaca celeste, rubia, ojitos claros, quién sabe si verdes o celestes. Había que ver cómo vivía la pelea esa chica. Cómo sufría. Cuando el fin de la lucha se acercaba, y ya parecía que ganaba el turco -como efectivamente sucedió-, la rubia volteaba el rostro con desconsuelo, la mano en la cabeza, los ojos al techo, los labios al suelo.

¿Sería su novia, su esposa? ¿Qué le habría estado diciendo, lo que le haría de noche si se llevaba el oro? ¿Qué habrían hecho los novios en la noche de la derrota?


Coda

Antes de todos estos olímpicos sucesos me fui a ver Batman, el caballero de la noche. No voy a hablar de las excelencias del filme de Nolan, ni de la actuación de Ledger, que eso ya se habrá hecho con más talento que el mío. Sólo quiero declarar que tras el filme me fui al baño, al urinario, y que ahí no podía hacer más que orinar. Era horrible. No podía voltear a la derecha porque asustaría a mi accidental compañero, no podía voltear a la izquierda porque mojaría el piso, y hay que considerar el esfuerzo de los empleados de Cinemark. Tampoco podía dar media vuelta y marcharme, porque mojaría mis pantalones mientras caminaba rumbo a casa, además de que la gente se escandalizaría, no por ninguna dotación especial que yo pueda tener, que no lo creo, sino porque somos así. En fin, que era horrible. Yo no sabía si el que estaba orinando era yo, o si acaso era más bien la orina la que estaba hombreando, la que me usaba para fluir rumbo a los océanos inabarcables.

Las pesas de la vida. Relato pequinés

Confieso que he amado mujeres más fuertes que yo. Tenían cuatro o seis veces mis brazos, y levantaban hasta más de dos veces mi peso, pero no me importó: aprendí a quererlas. No recuerdo qué día fue de esta semana, sólo recuerdo que era ya bien entrada la noche, y que estaba viendo la gimnasia femenina, lo único indispensable que debe verse en olimpiadas, decía yo, hasta entonces. En eso y de pronto el locutor dijo y ahora vamos a la halterofilia femenina, y yo me morí, me indigné, me dije que aquello era una contradicción en los términos, que no había tortura igual que pasar con violencia de la gracia de las gimnastas a la pujanza de mujeres que podrían molerme en el acto. Estuve tan equivocado. Poco a poco fui pasando de la indiferencia a la comprensión del drama que aquellas mujeres protagonizaban. Ochenta kilos. Ciento veinte kilos. Ciento cincuenta kilos. El peso no importaba: las pesas eran las mismas, eran la misma dificultad a ser levantada. La diferencia, la dificultad, estaba en las chicas mismas. Ellas no debían simplemente levantar la pesa, no. De eso no se trataba, sino de usar sus propias habilidades para vencer sus propios miedos, sus frustraciones, y hacer realidad sus ilusiones.

Recuerdo por ejemplo a la chica venezolana, Iriner, y a sus tres intentos fallidos por levantar las pesas. Ponía sus manos en la barra, respiraba, la levantaba mientras bajaba la pelvis casi al ras del suelo, y luego… nada, le faltaba la fuerza en los muslos para alzarse con todo y pesas, y las dejaba caer. La colombiana Leidy era otra cosa. Tomaba la barra de las pesas, respiraba, y las alzaba en una, gritando con decisión. Entonces ya tenía la barra de las pesas apoyada sobre las clavículas. Un esfuerzo más y listo: las pesas por todo lo alto, y los aplausos. A Iriner la gente también le aplaudía, y con más fuerza cada vez, quizá por esa natural solidaridad que felizmente a veces los humanos exhibimos cuando nos identificamos con la pasión de alguien. Iriner quería levantar las pesas, pero no podía. Eran sus muslos, se veía clarito: no tenían la fuerza para alzarse. Pero quizá ella no se daba cuenta de dónde estaba el problema. Quizá la presión por lograr alzar las pesas se fue acumulando, y la frustración por no poder hacerlo, intento tras intento, la fue nublando. La frustración era una bola de nieve que se manifestó nítidamente al final: en el tercer y último intento, cuando cayó al piso por última vez, estaba rendida, los ojos perdidos, no de cansancio, de confusión: era una levantadora de pesas que no las levantaba. Iriner se permitió dudar al momento de permanecer mucho tiempo al ras del piso con las pesas en las manos y las piernas dobladas. Leidy no dudó: su grito era el correlato de su decisión mientras se alzaba juntamente con las pesas.

Duda y decisión. Dos maneras de pararse frente a unas inmóviles pesas. Y tras las chicas, en la sala anexa al escenario de los jueces y de la competencia, el reloj. Un reloj electrónico marcaba el tiempo en retroceso, mostrando el cada vez menor tiempo que les quedaba para salir frente a los jueces, frente a las pesas. Como en la vida. No vemos el reloj, pero cada vez nos queda menos tiempo para hacer eso que tengamos que hacer.

Y yo ya no quiero dudar.

Ella o yo. Escena nocturna

Era de noche, yo ya quería acostarme. Me quité el polo, lo puse sobre la cama y lo empecé a doblar, para guardarlo. Entonces vi que ella se movía. Fue un movimiento muy fugaz, pero aun así pude percibirlo. No quería que yo la viera, así que se movió apenas un segundo sobre la línea que une la cama con la almohada. Ella se detuvo al saber que la vi, y yo me detuve a verla. Nunca como entonces me pareció más hermosa. Nunca hasta entonces había reparado en que todo este tiempo que ella me había dedicado con devoción, toda esa secreta vigilia por pasar desapercibida en mi cama, todo había sido para irse de mi vida sin hacerme daño, y sin que yo se lo hiciera. Entonces desdoblé mi polo y lo tomé quieta, cuidadosamente, en mi mano derecha. Lo arrugué lo necesario, formando en mi mano una pequeña concavidad. Me acerqué a ella —quietecita, me miraba— y me detuve un instante antes de cubrirla con la tela de mi polo, apretarla, asfixiarla, golpearla, para luego aflojar la tela y abrir el polo y verla a ella muerta en él, aplastada, con dos de sus ocho patitas arrancadas.

Escena de marihuana con silencio

El viento me golpeaba la cara. Por la calle desierta que flanqueaba al parque corría hacia mí todo el olor de la marihuana. Delante de mí, dos tipos, ostentando la melena que jamás tendré, caminaban como podían mientras hablaban. En eso, uno de ellos se detuvo, tomó al otro del brazo, lo detuvo, lo miró, le dijo:

-Ahora escúchame escúchame de verdadescúchame… En este momento único en que estamos acá, en este parque, ahora que estamos los dos, te diré esto, y esto no te lo olvides nunca nunca nuncaunque estés en España, o en Australia, o en Inglaterra o en Francia…

Seguí de largo. Los dejé atrás sobre la calle. Lo que se dijeron jamás lo oí: se lo llevó el viento.

Querer sin conocer, o el derecho de sentir

Debía ser el año 2001 ó 2002, no lo sé. Estábamos cerca de terminar la Facultad, y estábamos en los momentos finales de esa locura que se llama desfile inaugural del campeonato Interfacultades, de la PUCP, donde se camina mucho, se hace mucha bulla, se ven gentes asándose bajo disfraces de animales (las mascotas de cada Facultad), se ven chicas y se toma mucho. Al menos así era en nuestra época (lo escribo y no lo creo: hubo un tiempo que fue nuestro, que sentimos —sentí— nuestro). Todo iba a terminar, serían las cinco de la tarde, y, tras desfilar por las canchas, estábamos de vuelta en nuestro cubil de la Facultad, dejándonos pasar los últimos efectos del alcohol. Y sucedió. Una chica rubia, de cabello largo, ligeramente ondulado, algunas pecas y suficientes ojos azules pasó cerca de nosotros. Por supuesto que la habíamos visto desde antes, pero quién le hablara. Entonces Emilio se puso de pie como pudo, y si no me falla la memoria, dijo:

—Iré por ella.

—¡Emilio, cómo que vas a ir por ella, estás loco! —lo reconvenimos Raúl y yo, sujetándolo del brazo mientras ella se iba.

—Emilio, ¡si ni la conoces! A ver: ¿qué le vas a decir? —lo reté, para hacerle ver su error.

Emilio se calmó, nos miró… y empezó a cantar:

«Te quiero, recién te conozco y te quiero, me gusta tu dulzura y te quiero, regálame túuu ternúuuraa. Sos tan dulce y diiiferennte que te quieroooo, casi sin conocerte…».

Le soltamos el brazo de inmediato. Los tres nos quedamos mudos e inmóviles. Ella se había ido ya.

Creo que nunca le hice tanto daño a un amigo como entonces.

Creo que nunca me sentí más avergonzado y equivocado que entonces. Emilio tenía toda la razón, y yo, toda la ceguera.

Emilio, si estás leyendo esto, por favor perdóname. A veces siento que aquella tarde te quité la felicidad. Si te sirve de consuelo, a veces, por la tarde, me quedo mirando al suelo sin palabras. A mí no sé quién me sujeta el brazo, pero también me parece que la felicidad se me escapa por algún pasillo.


 Publicado originalmente en mis notas de Facebook el 16 de junio de 2008.