Bach sin Bach, o música sin café, o música divina

“Aquí huele a café”. Ésa fue la tos más extraña que jamás escuché en un concierto de música clásica. Ocurrió en el último día del XV Festival Internacional Bach que se celebra en Trujillo, pero que por razones esotéricas ha tenido una “edición limeña” en el ICPNA de Miraflores y no toca música exclusiva de Bach. “Aquí huele a café”, le susurró una mujer a otra en el oído mientras Arnold Schalker (al piano) y Francisco Pereda (en el violín) se esforzaban por hacer escuchable una composición de Édgar Valcárcel, que difícilmente pudo competir con Grieg y Chopin, antes, ni con Liszt después. “Aquí huele a café”, le dijo, y al parecer dio resultado, porque al poco rato una mujer de la primera fila con algún vasito en la mano derecha se puso de pie y se fue y de súbito la sala como que olió a ausencia.

Así es mejor. En un concierto de música clásica siempre estamos solos, no importa a cuántas amigas hayamos telefoneado una tras otra sólo para oír la contestadora o que están estudiando ni adónde apunte nuestra imaginación. No importa. En una sala de conciertos no hay excusas: uno renuncia a llenar el tiempo con las banalidades diarias y no se puede sino escuchar. Así las cosas, más nos vale escuchar realmente. Ensayar una conexión con el desarrollo del tema musical que va pasando frente a nuestros oídos y ojos -en una sala de conciertos la música se ve- en medio del silencio, del silencio que precede a la ejecución y del otro (el mismo) que inexorablemente sucede, tras el último aplauso, y a pesar de los bips telefónicos que los limeños también inexorablemente dejamos sonar para pasmo de los intérpretes y de la urbanidad. La música nace y muere entre el silencio, como lo hacemos nosotros entre los siglos. Una pieza musical suena básicamente a una metáfora secreta de la vida.

Así escuchada, la música puede ser exasperante. Uno se siente viajar con ella, ir a algún lado, estar a punto de entender algo (de ella, y por lo mismo, de nosotros), pero luego todo termina. La música acaba, y su lenguaje se nos olvida: nos vamos sin saber qué se nos dijo. No nos queda sino marcharnos a casa, solos nuevamente. La música es una compañera demasiado fugaz. A veces creo que quiere educarme, que me cuenta la parábola de mi vida, pero no estoy seguro.

Aquella noche, tras el concierto, camino a casa en la combi por la avenida Angamos, yo volvía sin haber entendido nada. Tampoco entendí qué significaban las dos personas que sobre cartones y bajo periódicos dormían contra un muro, ni esa pareja mayor que se besaba largamente bajo la luz roja, ni al semáforo siguiente aquella otra pareja joven de un pelafustrán que le cerraba la puerta del taxi a la chica con violencia mientras la sujetaba del brazo.

Dios mío, a veces creo que compones como Valcárcel.

Escena de marihuana con silencio

El viento me golpeaba la cara. Por la calle desierta que flanqueaba al parque corría hacia mí todo el olor de la marihuana. Delante de mí, dos tipos, ostentando la melena que jamás tendré, caminaban como podían mientras hablaban. En eso, uno de ellos se detuvo, tomó al otro del brazo, lo detuvo, lo miró, le dijo:

-Ahora escúchame escúchame de verdadescúchame… En este momento único en que estamos acá, en este parque, ahora que estamos los dos, te diré esto, y esto no te lo olvides nunca nunca nuncaunque estés en España, o en Australia, o en Inglaterra o en Francia…

Seguí de largo. Los dejé atrás sobre la calle. Lo que se dijeron jamás lo oí: se lo llevó el viento.

Querer sin conocer, o el derecho de sentir

Debía ser el año 2001 ó 2002, no lo sé. Estábamos cerca de terminar la Facultad, y estábamos en los momentos finales de esa locura que se llama desfile inaugural del campeonato Interfacultades, de la PUCP, donde se camina mucho, se hace mucha bulla, se ven gentes asándose bajo disfraces de animales (las mascotas de cada Facultad), se ven chicas y se toma mucho. Al menos así era en nuestra época (lo escribo y no lo creo: hubo un tiempo que fue nuestro, que sentimos —sentí— nuestro). Todo iba a terminar, serían las cinco de la tarde, y, tras desfilar por las canchas, estábamos de vuelta en nuestro cubil de la Facultad, dejándonos pasar los últimos efectos del alcohol. Y sucedió. Una chica rubia, de cabello largo, ligeramente ondulado, algunas pecas y suficientes ojos azules pasó cerca de nosotros. Por supuesto que la habíamos visto desde antes, pero quién le hablara. Entonces Emilio se puso de pie como pudo, y si no me falla la memoria, dijo:

—Iré por ella.

—¡Emilio, cómo que vas a ir por ella, estás loco! —lo reconvenimos Raúl y yo, sujetándolo del brazo mientras ella se iba.

—Emilio, ¡si ni la conoces! A ver: ¿qué le vas a decir? —lo reté, para hacerle ver su error.

Emilio se calmó, nos miró… y empezó a cantar:

«Te quiero, recién te conozco y te quiero, me gusta tu dulzura y te quiero, regálame túuu ternúuuraa. Sos tan dulce y diiiferennte que te quieroooo, casi sin conocerte…».

Le soltamos el brazo de inmediato. Los tres nos quedamos mudos e inmóviles. Ella se había ido ya.

Creo que nunca le hice tanto daño a un amigo como entonces.

Creo que nunca me sentí más avergonzado y equivocado que entonces. Emilio tenía toda la razón, y yo, toda la ceguera.

Emilio, si estás leyendo esto, por favor perdóname. A veces siento que aquella tarde te quité la felicidad. Si te sirve de consuelo, a veces, por la tarde, me quedo mirando al suelo sin palabras. A mí no sé quién me sujeta el brazo, pero también me parece que la felicidad se me escapa por algún pasillo.


 Publicado originalmente en mis notas de Facebook el 16 de junio de 2008.

Se enseña ingles

Se enseña ingles. Eso leí hace unas horas en un cartel expuesto en la ventana de una casa, camino a la Universidad Católica. No supe qué pensar. Quizá si me hubiera presentado en esa casa -y tras pagar la cuota establecida, claro- la profesora (¿el profesor?) se habría bajado el pantalón y las bragas. Ahí tiene, me habría rematado. ¿O quizá here you are?

Ejercicio de la blogografía

Hola, lector. Dime: ¿debemos, o no debemos, ejercer el arte blogográfica?

Sí, ya sé. Dije que no lo haría, pero estoy aquí, escribiendo un blog. Ya antes, en el sitio web de una de las mejores revistas del mundo, tuve un blog (Uno, dos, tres, probando, ¿lo recuerdas?), pero hubo que cerrarlo: la masa de trabajo pecuniario me impidió seguir alimentándolo. Incluso entonces me sorprendía a mí mismo el estar a cargo de un blog, porque desde que tuve noticia de esto de las bitácoras en línea todo el asunto me pareció un desperdicio de tiempo, tanto para blogógrafos como para lectores: éstos verían sus minutos absorbidos por sujetos lejanos a la talla de Aristóteles o de Carlos Germán Belli, y aquéllos los verían absorbidos por la inutilidad de ver su vaciedad intelectual bajo la forma de palabras.

Es que no hay derecho de tomar el tiempo, esa inefable semilla de la vida, para andarlo esparciendo por las corrientes del viento, hacia los campos infecundos del olvido. No. Y la blogografía reúne todos los ingredientes para olvidar la vida, para banalizarla. ¿O no, lector? Piensa. Piensa en lo que ganas escribiendo (o leyendo) las cosas que viste, que viviste, que pensaste, poniéndolas sobre una bitácora sin más, una tras otra, día tras día (¿hora tras hora?), semana tras semana, para que todo el mundo (¡jua!) las lea, las comente, y todo para que acumules miles pero miles de visitas, para que estés en boca de todos, para que seas alguien en la web, para que seas un blogógrafo «relevante»… relevante… porque todos te leen.

¿Y acaso uno va a tener el corazón hermoso porque todos lo lean?

No y no. Esto de la blogografía más se parece a lo pasajero de las modas y al afán de figuración que a la comprensión del mundo. Y yo quiero escribir para que el mundo sea un lugar que yo pueda comprender antes de morir. Por eso siempre sentí más admiración por quienes permanecen en silencio, observando, pensando… para sólo hablar (escribir) en el momento oportuno, cuando tenían algo relevante que decir. Tengo la convicción de que los grandes libros, las grandes novelas, los grandes poemas, las grandes películas, las grandes acciones, todo lo grande, todo lo que engrandece al corazón humano en medio de esta pequeñez que nos envuelve procede de la capacidad de hacer silencio, observar, estudiar y decir. Y eso requiere tiempo, no el tiempo vertiginoso de la blogografía, del escribir-el-post-del-día-porque-si-no-el-blog-está-en-nada, sino el tiempo pausado de la reflexión y del trabajo intelectual profundo.

Pero he aquí que estoy escribiendo un blog.

Lector, ¿te haré desperdiciar tu tiempo? ¡No, por favor! Nunca me lo permitas. Quiero creer que tengo algo que decir, el talento para decirlo y el tesón para encauzar ese talento. Perdóname nada más por haber abierto este blog para lograrlo. Creo poder hacerlo.

Aquí vamos.