Los ojos de miel

No recuerdas muy bien cómo pasó. El caso es que habías salido de la revista más o menos temprano y decidiste ponerte a caminar y caminando llegaste a Miraflores, a la puerta de una discoteca a la que ya habías ido antes. Es jueves, pero qué diablos, te dijiste, y entraste. Haces cola brevemente, pagas, pim, pam, pum y ya estás frente a la barra, de luz azulada al interior y rojiza, quizá rosa, por afuera y hacia el piso. Pides un whisky en las rocas y pasas a la sala de baile. No hay mucha gente, y puedes distinguir que casi todas son mujeres, quizá todas. Excelente, piensas, y das un paseo.

Recorres la pista de baile, no por el medio, sino dando un rodeo, como para ver qué sucede. No estás muy seguro de lo que ves, así que subes al mezzanine. Te asomas sobre la baranda y das un sorbo a tu whisky. Bebes sin prisa, para que el hielo refresque tus labios y te haga sentir más despierto —ha sido un día intenso en el trabajo—. Cuando los hielos vuelven al fondo del vaso, miras de nuevo a la gente bailando y confirmas lo que sospechabas: es una fiesta de lesbianas.  Dime más

Sorpresa de la lluvia en Lima

En esta noche limeña de verano, me encontraba yo trabajando en la computadora y escuchando a Maurice Ravel y a Nirvana alternativamente. Por supuesto, no se oía casi nada del exterior. En eso, puse pausa al reproductor y percibí un sonido de goteo y un aroma delicioso. Me asomé a la ventana.

De madrugada,
de la tierra el aroma
la lluvia obsequia.

Inusualmente, llovía. La precipitación era visible y persistente. Y audible. Entonces escribí:

Nadie camina,
sólo la lluvia marcha,
interminable.

Surgimiento del símbolo en medio de la noche

Javier dice: alvarito
Javier dice: tirame una enhe, por favor
Alvaro dice: ñ
Alvaro dice: ja!
Alvaro dice: tan mal está el teclñado
Javier dice: gracias!
Alvaro dice: sí pues… estás en otro mundo
Alvaro dice: hombre, qué buena esta, en serio, de pedir una ñ desde los EEUU
Javier dice: es que acabo de inaugurar un blog
Javier dice: y necesito escribirlo en espanol
Alvaro dice: y el teclado gringo naranjas? no tiene caracteres?
Javier dice: no tiene enhe
Alvaro dice: sí tiene, seguro, pero será una combinación de números
Javier dice: es probable
Alvaro dice: o prueba buscando en Herramientas o en algo que se llama Caacteres especiales, creo
Alvaro dice: listo
Alvaro dice: ve a Word
Javier dice: okay
Alvaro dice: ahí presiona arriba “Insertar”
Javier dice: ok
Alvaro dice: luego escoge “Símbolo”
Alvaro dice: por ahí está la ñ
Alvaro dice: está todo: la c con cedilla, los signos del neerlandés.etc
Javier dice: excelente
Javier dice: graciela
Alvaro dice: de naranjas

Tras perdonar nuestros horrores ortográficos, permisibles en un diálogo de mensajería electrónica apenas sostenida con mi amigo Javier Puente, concederás, peregrino lector, que una letrita sobre una tecla de computadora puede ser considerada como todo un “símbolo”, hasta por un procesador de textos.

ñ… ñ… ñ… late la civilización hispánica desde una tecla latente en los Estados Unidos.

Ella o yo. Escena nocturna

Era de noche, yo ya quería acostarme. Me quité el polo, lo puse sobre la cama y lo empecé a doblar, para guardarlo. Entonces vi que ella se movía. Fue un movimiento muy fugaz, pero aun así pude percibirlo. No quería que yo la viera, así que se movió apenas un segundo sobre la línea que une la cama con la almohada. Ella se detuvo al saber que la vi, y yo me detuve a verla. Nunca como entonces me pareció más hermosa. Nunca hasta entonces había reparado en que todo este tiempo que ella me había dedicado con devoción, toda esa secreta vigilia por pasar desapercibida en mi cama, todo había sido para irse de mi vida sin hacerme daño, y sin que yo se lo hiciera. Entonces desdoblé mi polo y lo tomé quieta, cuidadosamente, en mi mano derecha. Lo arrugué lo necesario, formando en mi mano una pequeña concavidad. Me acerqué a ella —quietecita, me miraba— y me detuve un instante antes de cubrirla con la tela de mi polo, apretarla, asfixiarla, golpearla, para luego aflojar la tela y abrir el polo y verla a ella muerta en él, aplastada, con dos de sus ocho patitas arrancadas.