Al arder, amar

En más de una ocasión, el Palíndromo concede el conocimiento del amor a través de la figura de la rama, como cuando aconsejó al amante ser como la hiedra y arder de amor, o cuando dijo que los que se aman son como un atado de ramitas de hiedra que se quema. Y es que el amor es ese breve gozo de los que renuncian a estarse quietos y temerosos y, dejándose de lado la vida, renuncian a sí mismos para darse a otros, de modo que arden y se consumen hasta quedar secos y abandonados. Como la rama del amor, que una vez que hubo acogido la savia del árbol y hubo dado flor y fruto, cae seca al piso para que los niños la pisoteen y el viento se la lleve. O como la rama de hiedra del cuadro de Henri Rousseau que, sola y ya sin agua al pie de las coloridas flores que del florero aún se nutren, anuncia el destino de los que ya han amado. El amor no puede, pues, ser egoísta: es antes renuncia, donación, virtudes raras de encontrar en un mundo de seres que tejen tupidas redes para capturar para sí cuanto puedan mientras la felicidad, fulgor de los insensatos, se oculta de la prudencia.

Por eso el Palíndromo dice:

Al arder, amar. Orar al ramal, amarla raro. Rama: red rala.


Imagen de cabecera: Henri Rousseau, ‘Ramo de flores con rama de hiedra’ (1909, detalle).

Tarapoto, listo

La vida puede verse como una lista de tareas que se tienen que hacer. Es una forma de matar el tiempo para tener la ilusión de que controlamos cómo este se nos escapa, con la ventaja adicional de que al mantenernos ocupados evitamos el ocio filosófico que nos llevaría a evaluar qué estamos haciendo con esa vida que preferimos compartimentar en tareas en vez de verla como una totalidad. Quizá por eso solemos usar nuestras vacaciones y feriados en viajes a lugares llamados turísticos, donde, como la palabra misma indica, damos vueltas de un lado a otro recorriendo atracciones naturales o culturales que se supone que son atractivas y que por eso las tenemos que ver, actividad que nos mantiene literalmente entretenidos entre un sitio y otro, sin opción a tenernos a nosotros mismos frente a la pregunta fundamental por el ser de nuestras vidas, esos ríos que van a dar a una mar no turística.  Dime más