Ella o yo. Escena nocturna

Era de noche, yo ya quería acostarme. Me quité el polo, lo puse sobre la cama y lo empecé a doblar, para guardarlo. Entonces vi que ella se movía. Fue un movimiento muy fugaz, pero aun así pude percibirlo. No quería que yo la viera, así que se movió apenas un segundo sobre la línea que une la cama con la almohada. Ella se detuvo al saber que la vi, y yo me detuve a verla. Nunca como entonces me pareció más hermosa. Nunca hasta entonces había reparado en que todo este tiempo que ella me había dedicado con devoción, toda esa secreta vigilia por pasar desapercibida en mi cama, todo había sido para irse de mi vida sin hacerme daño, y sin que yo se lo hiciera. Entonces desdoblé mi polo y lo tomé quieta, cuidadosamente, en mi mano derecha. Lo arrugué lo necesario, formando en mi mano una pequeña concavidad. Me acerqué a ella —quietecita, me miraba— y me detuve un instante antes de cubrirla con la tela de mi polo, apretarla, asfixiarla, golpearla, para luego aflojar la tela y abrir el polo y verla a ella muerta en él, aplastada, con dos de sus ocho patitas arrancadas.

Bach sin Bach, o música sin café, o música divina

“Aquí huele a café”. Ésa fue la tos más extraña que jamás escuché en un concierto de música clásica. Ocurrió en el último día del XV Festival Internacional Bach que se celebra en Trujillo, pero que por razones esotéricas ha tenido una “edición limeña” en el ICPNA de Miraflores y no toca música exclusiva de Bach. “Aquí huele a café”, le susurró una mujer a otra en el oído mientras Arnold Schalker (al piano) y Francisco Pereda (en el violín) se esforzaban por hacer escuchable una composición de Édgar Valcárcel, que difícilmente pudo competir con Grieg y Chopin, antes, ni con Liszt después. “Aquí huele a café”, le dijo, y al parecer dio resultado, porque al poco rato una mujer de la primera fila con algún vasito en la mano derecha se puso de pie y se fue y de súbito la sala como que olió a ausencia.

Así es mejor. En un concierto de música clásica siempre estamos solos, no importa a cuántas amigas hayamos telefoneado una tras otra sólo para oír la contestadora o que están estudiando ni adónde apunte nuestra imaginación. No importa. En una sala de conciertos no hay excusas: uno renuncia a llenar el tiempo con las banalidades diarias y no se puede sino escuchar. Así las cosas, más nos vale escuchar realmente. Ensayar una conexión con el desarrollo del tema musical que va pasando frente a nuestros oídos y ojos -en una sala de conciertos la música se ve- en medio del silencio, del silencio que precede a la ejecución y del otro (el mismo) que inexorablemente sucede, tras el último aplauso, y a pesar de los bips telefónicos que los limeños también inexorablemente dejamos sonar para pasmo de los intérpretes y de la urbanidad. La música nace y muere entre el silencio, como lo hacemos nosotros entre los siglos. Una pieza musical suena básicamente a una metáfora secreta de la vida.

Así escuchada, la música puede ser exasperante. Uno se siente viajar con ella, ir a algún lado, estar a punto de entender algo (de ella, y por lo mismo, de nosotros), pero luego todo termina. La música acaba, y su lenguaje se nos olvida: nos vamos sin saber qué se nos dijo. No nos queda sino marcharnos a casa, solos nuevamente. La música es una compañera demasiado fugaz. A veces creo que quiere educarme, que me cuenta la parábola de mi vida, pero no estoy seguro.

Aquella noche, tras el concierto, camino a casa en la combi por la avenida Angamos, yo volvía sin haber entendido nada. Tampoco entendí qué significaban las dos personas que sobre cartones y bajo periódicos dormían contra un muro, ni esa pareja mayor que se besaba largamente bajo la luz roja, ni al semáforo siguiente aquella otra pareja joven de un pelafustrán que le cerraba la puerta del taxi a la chica con violencia mientras la sujetaba del brazo.

Dios mío, a veces creo que compones como Valcárcel.