Una defensa de la castidad

«Are you gay?», me preguntó una linda londinense de escote imposible de desoír, cuando decliné su invitación a acompañarla al segundo piso de la casa de un amigo que festejaba su cumpleaños a todo volumen, en Lima. Tan alta estaba la música que para entendernos teníamos que gritarnos al oído. El vaso en la mano, la mirada en el piso, mi oreja cerca de su boca, escuchando la única lengua que ella hablaba, lengua que luego recorrió mi mejilla derecha, despacio. No diré que me quedé impertérrito —no todos los días le lamen la mejilla así a uno—, pero sí que guardé la compostura y le dije que no, que no podía acompañarla, y que tampoco era gay.

¿Por qué la rechacé?

«It’s complicated», creo que le dije, justificándome. Pero aquí, atrapado en el papel, no puedo decir lo mismo. Aquí sólo me queda revelar el secreto de la castidad. O al menos, de la mía. Alvarimás