Villanela de Semana Santa (canta un hijo de hombre a Jesús)

El miedo muy terrible que sentiste
el jueves por la noche cuando orabas
nos sigue visitando en nuestras noches.

La copa asaz amarga que entreviste
quedó acá con nosotros, y dejabas
el miedo muy terrible que sentiste.

Los clavos que tu carne como broches
el viernes te entroncaban cuando amabas
nos siguen visitando en nuestras noches.

La soledad inmensa que tuviste
el sábado cantaba que callabas
el miedo muy terrible que sentiste.

El hambre de la noche de los coches
—en combis masticamos puras habas—
nos sigue visitando en nuestras noches.

Es duro en el domingo ver que existe
la vida sucesiva ya sin trabas,
y el miedo muy terrible que sentiste
nos sigue visitando en nuestras noches.

El día de la vitamina

A N. L. C.


-Natáaliaaa: noolvides tús vitamínas…

-¡Sí mamá! -respondió ella, dando un portazo a la cocina y bajando como el Sol a la playa.

Natalia estaba interesada en otras vitaminas. Unas que pudieran realmente hacerla sentir viva, en lugar de favorecer su metabolismo, retener hierro o respirar sin problemas, como hacían esos molestos jarabes y pastillas que su mamá le había hecho ingerir desde pequeña, cuando era tan enfermiza y la enfermera no la dejaba ni para dormir. No, eso ya había sido suficiente. La vida es para vivirla, ¿no?, se decía ella, para vivirla y más: para sacar de ella algo que no está en ninguna parte, algo que ciertamente no está en las mañanas, tardes y noches de clases, tareas, TV y a la cama, Algo que se sienta en el pecho como distinto, como un latido nuevo. Algo quizás como sentarse a ver el mar por horas, distinguir sus tonalidades y escuchar los mensajes indescifrables de las olas, siempre nuevas, siempre conocidas, siempre viniendo desde un azul remotísimo.

A punto de poner el pie en el antepenúltimo escalón, Natalia tropezó y su cabeza fue a dar contra el marco de piedra de la puerta que daba a la playa.

En la orilla, las olas se volvieron al mar en silencio.