El día de la vitamina

A N. L. C.


-Natáaliaaa: noolvides tús vitamínas…

-¡Sí mamá! -respondió ella, dando un portazo a la cocina y bajando como el Sol a la playa.

Natalia estaba interesada en otras vitaminas. Unas que pudieran realmente hacerla sentir viva, en lugar de favorecer su metabolismo, retener hierro o respirar sin problemas, como hacían esos molestos jarabes y pastillas que su mamá le había hecho ingerir desde pequeña, cuando era tan enfermiza y la enfermera no la dejaba ni para dormir. No, eso ya había sido suficiente. La vida es para vivirla, ¿no?, se decía ella, para vivirla y más: para sacar de ella algo que no está en ninguna parte, algo que ciertamente no está en las mañanas, tardes y noches de clases, tareas, TV y a la cama, Algo que se sienta en el pecho como distinto, como un latido nuevo. Algo quizás como sentarse a ver el mar por horas, distinguir sus tonalidades y escuchar los mensajes indescifrables de las olas, siempre nuevas, siempre conocidas, siempre viniendo desde un azul remotísimo.

A punto de poner el pie en el antepenúltimo escalón, Natalia tropezó y su cabeza fue a dar contra el marco de piedra de la puerta que daba a la playa.

En la orilla, las olas se volvieron al mar en silencio.

Últimas noticias del tiempo

Una mañana me voy al baño a lavar la cara, y luego por las noticias me entero de que en Georgia llueven cañonazos. Otra mañana me voy a desayunar, y mientras mastico el desayuno me entero por la radio de que en Barajas un avión mastica más de ciento cincuenta personas.

¿Pero en verdad se necesita a la prensa para saber todo esto? No, claro que no. Es simplemente así. Uno pestañea, y a la chica que quieres ya se la llevó otro. A veces sólo se la lleva el tiempo.